Opinión: ¿Pueden ser los enemigos de Israel, al mismo tiempo, los amigos de las comunidades judías fuera del Estado judío?

En su obra magna “Una obsesión letal“, el fallecido Robert Wistrich, uno de los mejores estudiosos de Israel de los senderos asesinos del odio a los judíos, resume elegantemente el carácter del antisemitismo de comienzos de este siglo XXI.

El viejo-nuevo antisemitismo  puede ser tan inventivo como es repetitivo“, escribió Wistrich. “A menudo parece dar a entender que los judíos nunca han sido víctimas sino siempre victimarios , lo que puede sonar original para algunos, pero es claramente falso. Por lo general, evita posiciones que huelen a una exclusión política o económica deliberada de los judíos como comunidad nacional o hacerse eco del desacreditado discurso de un racismo biológico. Por otra parte, representa al sionismo y al lobby judío como una potencia mundial y no lo considera como una caracterización racista o difamatoria. No hay ninguna ley en contra de sugerir que los sionistas provocan deliberadamente las guerras y las revoluciones, a pesar de que este es un mito clásico de fabricación antisemita que ha sido ampliamente difundido por nazis, comunistas e islamistas“.

A partir de este breve párrafo, podemos deducir algunas observaciones generales. El antisemitismo se ajusta a las sensibilidades de la sociedad que lo rodea. Desarrolla temas que invariablemente retratan a los judíos como colectividad de la peor forma posible. Se obsesiona con el carácter distintivo del poder judío, de “ese pequeño pueblo” en palabras del compositor griego Mikos Theodorakis, un comunista, en 2004, o “la raíz del mal“. Y eso es política y teológicamente promiscuo, ya que penetra en los salones de la derecha nacionalista y de la izquierda progresista, se arrastra por las iglesias presbiterianas y conduce el discurso atronador del Islam político.

Podemos resumir todo esto de una manera aún más simple, en dos máximas. En primer lugar, el antisemitismo no es propiedad exclusiva de una facción política o de una formación religiosa. En segundo lugar, el antisemitismo es algo así como un camaleón que niega con frecuencia que es lo que es, por eso tenemos problemas para identificarlo, incluso cuando nos hemos encontrado con él un millar de veces antes.

Con esto en mente, asistimos al ampliamente comentado “incremento” del antisemitismo en los EEUU, identificado en las últimas semanas y meses, y que se manifiesta en pequeña escala pero con desagradables incidentes, entre ellos la profanación de un cementerio, más de 50 amenazas telefónicas de bombas a centros judíos de la comunidad, varias agresiones físicas, y esvásticas y otros insultos antisemitas en campus universitarios y otros edificios. La Iniciativa AMCHA, una organización que promueve los derechos civiles de los estudiantes judíos, mantiene una línea de vigilancia de la presencia de “esvásticas y grafitti y panfletos neonazis” en los campus universitarios. Lo que se destaca es la gran frecuencia de estos incidentes y la naturaleza a veces brutal del odio a los judíos, según lo experimentado por un estudiante de la Universidad de Minnesota, que vio como en su dormitorio pintaron frases alabando “el dominio nazi” y una esvástica y el dibujo de un campo de concentración. Epítetos raciales como “sucios judíos” junto a lemas como “Heil Trump” abundan en estos informes de antisemitismo y de racismo.

Sin duda, todo esto se ve y suena muy parecido al antisemitismo que conocemos por las películas y los libros de historia, donde los autores son fanáticos racistas blancos con educación limitada y temperamento violento. Y tal vez eso explica por qué muchos de los medios de comunicación de la izquierda, del The New York Times a la BBC, están informando de esta actual oleada de antisemitismo con mucho menos cinismo que lo hicieron con otros episodios similares en los últimos años, como por ejemplo las conferencias negando el Holocausto organizadas en varias ocasiones por el régimen islámico de Irán, o el omnipresente antisemitismo del partido Laborista británico. Considerando que estos ejemplos son complicados tanto por la presencia de Israel como por la participación de los musulmanes en la promoción del discurso antisemita, cuando se trata de la América del presidente Donald Trump todo resulta muy simple y la nieve es de color blanco.

La triste verdad es que la comprensión del antisemitismo se ha convertido en algo irremediablemente politizado, lo que significa que nuestros juicios se ven comprometidos por imperativos no relacionados pero sí más convenientes. Además, con demasiada frecuencia, la respuesta al antisemitismo se obsesiona con las acciones y declaraciones individuales, oscureciendo las cuestiones más fundamentales. Kenneth Marcus del Centro de Brandeis Louis D. para los Derechos Humanos, lo explicó en una entrevista reciente: “A menudo hace más daño que bien realizar simplemente la pregunta: ¿Quién es y no es un antisemita? Si estás preguntando si los individuos son antisemitas o no, puede que nunca obtengas una respuesta y que pongas a la gente a la defensiva, dando lugar a un engrosamiento del discurso“.

En la misma entrevista Marcus continuó, “tenemos que preguntarnos qué formas de hablar y qué tipo de actividades son antisemitas para que podamos identificarlo“. Esto es absolutamente correcto, y los que afirman que Trump es un antisemita deberían examinar si existe un patrón consistente de pruebas para apoyar esta afirmación. Excusarse en sus nietos judíos y a sus consejeros judíos como prueba de lo contrario – como ha hecho el presidente Trump y ha sugerido a sus subordinados – puede ser irritante y puede sugerir que las últimas siete décadas dedicadas a educar al público en la naturaleza del antisemitismo y en la centralidad del Holocausto han sido en gran medida en vano. Pero manifiestamente no demuestra que la actual Casa Blanca esté presa de una fiebre antisemita.

En estos tiempos resulta peligroso sugerir experimentos mentales, pero voy a saltarme la precaución. Me pregunto si los que están de acuerdo con Steven Goldstein, del Centro Ana Frank para el Respeto Mutuo, cuando dijo que la condena del antisemitismo de Trump era una “forma de paliar el cáncer del antisemitismo que ha infectado a su propia administración“, tendrían similares reparos con Linda Sarsour, la activista palestino-estadounidense defensora del BDS y que está alcanzando rápidamente el estatus de icono del movimiento de protesta que se ha creado en torno a la elección de Trump.

Sarsour y sus colegas activistas musulmanes recogieron más de 100,000$ para la reparación del profanado cementerio judío de Jesed Shel Emet, en St. Louis, ganando los aplausos de casi todos los medios de comunicación y el respaldo de la creadora de Harry Potter, JK Rowling. En términos de publicidad, fue un movimiento increíblemente inteligente, ya que con esta iniciativa logró que sus críticos se colocaran en la incómoda posición de cuestionar sus motivos en el momento que ella se acercó a la comunidad judía.

Pero si Kenneth Marcus tiene razón con referencia a los patrones de discurso y en cómo determinar qué constituye el antisemitismo, a continuación las denuncias anteriores de Sarsour del sionismo y su apoyo a una solución a la cuestión palestina basada en la eliminación de la soberanía judía, al menos justifican un examen crítico de la motivación política que está detrás de su gesto por el cementerio judío. Es fácil, después de todo, ser empático y amable con los judíos muertos y por sus recuerdos, ya sea en Polonia o en Missouri, y es mucho más difícil tratar con los que todavía están vivos y que consideran que las fantasías de Sarsour sobre “un único estado de Palestina” representan una opción siniestra de una solución que tendría que ser impuesta, con toda probabilidad y a través de la conquista violenta, a los judíos de Israel.

¿Pueden ser los enemigos de Israel, al mismo tiempo, los amigos de las comunidades judías fuera del Estado judío? O a la inversa, ¿los amigos de Israel reciben un pase a favor obviándose la presencia de anticuerpos antisemitas entre sus aliados políticos? ¿Por qué Sarsour resulta aceptable para cierta comunidad judía pero no Richard Spencer, ese rechoncho racista del autodenominado Instituto de Política Nacional? ¿Sómos los judíos tan faciles de engañar? Me temo que la respuesta es sí.

 

Fuente: Tower
Autor: Ben Cohen
Traducción: Safed-Tzfat José Antonio