barenboim

Opinión: Premio innoble de la paz

La orquesta East-West Divan, que se anuncia como nexo por la paz entre el pueblo israelí y el pueblo palestino, es un recurso marquetinero, sin sustento en la realidad.

Por las siguientes razones: Ningún músico musulmán integrante de la misma vive en países musulmanes. Los pocos que se supone integran la orquesta, son refugiados que viven en Alemania y/o en España.

Sólo hubo una presentación de la orquesta de Barenboim en Ramala en el año 2005, y desde entonces no han vuelto a tocar allí, ni en ningún otro país musulmán, por miedo a ser detenidos y condenados a latigazos en las inhumanas cárceles orientales. También evitan decir sus nombres para tapar todo cuestionamiento sobre su nacionalidad y origen, que desinflaría la romántica percepción de representantes de los pueblos en la lucha por la paz. Daniel Barenboim no merece premios de paz porque es cómplice de la violencia. Un músico merecedor del galardón es Zubin Mehta.

Pese a lo que se asume frecuentemente, el Premio Nobel de la Paz está muy lejos de ser “el más prestigioso del mundo”; es probablemente uno de los menos creíbles. Contrastan con él la mayoría de las otras categorías del Nobel, en las que los galardonados son difícilmente cuestionables: el genio de químicos, médicos y físicos puede demostrarse en base de tangibles contribuciones a la ciencia. En el rubro de literatura, por su parte, lo que socava la objetividad del dictamen es que la estética dista de ser una ciencia exacta, y por ello una recurrente carga política vicia la premiación. Junto con ello, es poco menos que imperdonable que entre las candidaturas que se desestimaron se hallen las de genios indiscutidos como Borges, Joyce, Proust o Tolstoi. En el área de las letras, particularmente, la expectativa adicional es que la calidad de una obra esté acompañada por la integridad del premiado, y de ahí deriva el bochorno de que se haya distinguido a un nazi como Knut Hamsun, un estalinista como José Saramago, y otros casos similares. A pesar de todo ello, es necesario agregar que la obra de los premiados tiene siempre algún valor literario. En el Premio Nobel de la Paz, ni siquiera eso. El mérito del recipiendario puede llegar a ser nulo, ya que la politización es el principal componente al momento de juzgar.

Dicha priorización de la política quedó demostrada una vez más cuando en 2009 lo recibiera Barack Obama, un presidente que ni había tenido tiempo de contribuir a la paz, y para cuyo merecimiento se aducían las intenciones que animaban al estadista y cuán promisoria fue su elección al cargo, motivos ambos patentemente irrelevantes. En suma: los criterios para otorgar el galardón de la paz no parecen tener que ver con alguna paz concreta que se haya logrado, sino con mediciones subjetivas sobre diversos tipos de “paz” en gestación. Hay una diferencia más que separa a este premio de los de las otras categorías: mientras en éstas deciden academias suecas (la de Ciencias, la de Letras y el Instituto Karolinska), aquél, por el contrario, fue misteriosamente encomendado por Alfred Nobel a Noruega, concretamente a un comité designado por el Parlamento de dicho país, cuyas antipatías son proverbiales. A principios de 2009, el gobierno de Oslo anunció un año oficial de homenajes al mentado Hamsun, un escritor que en 1940 dio la bienvenida a los nazis que invadían su país, en 1943 obsequió su Premio Nobel a Joseph Goebbels, y en su obituario a Hitler lo tildó de “guerrero de la humanidad”. Que uno de los más notorios terroristas del siglo XX como Yasir Arafat pudiera recibir la distinción en 1994, no deja de ser otra mácula para el Nobel, una especialmente trágica si se considera que nunca lo recibieran ilustres nominados como Mahatma Gandhi, Václav Havel e Irena Sendler.

El oprobio extremo de dicho galardón acechó en 1939, cuando el parlamentario sueco Erik Brandt elevó la candidatura de Hitler al Premio Nobel de la Paz. Más tarde se supo que su intención había sido irónica, pero los medios escandinavos no llegaron a percibir el sarcasmo de Brandt, quien con su gesto intentaba recusar la nominación de Neville Chamberlain, promovida por otros doce parlamentarios. La queja aludía a que si la capitulación de Munich de 1938 podía premiarse en su gestor Chamberlain, pues por qué no conceder el honor directamente al Führer, quien también se había avenido a que le entregaran Checoslovaquia en bandeja. Menos irónica y más brutal que Brandt fue la escritora Gertrude Stein, quien sin ninguna ironía lanzó una campaña para efectivamente otorgar el premio a Hitler. La simpatía de la Stein por el monstruo es habitualmente omitida, también en la reciente película de Woody Allen Medianoche en París, que la tiene como protagonista. La casa de Gertrude Stein fue un centro cultural de encuentro para notables artistas de la preguerra parisina, como Hemingway, Scott Fitzgerald, Picasso, Matisse y varios más, todos ellos retratados en el susodicho filme.

En una entrevista publicada en el New York Times (6-5-34) la Stein sostuvo que el cabecilla nazi merecía ser laureado porque “está removiendo en Alemania los elementos de pugna y de discordia”. Para algunos intelectuales, el significado del término “paz” está remotamente alejado del sentido de armonía y no agresión que le atribuimos los meros mortales. Que el dislate de la Stein proviniera además de alguien de origen judío es una prueba más de que este grupo no es inmune a la locura. Un ejemplo adicional de la vaguedad del concepto de “paz” se encarna hoy en día en quien está en campaña para alcanzar el Premio Nobel: el genial músico Daniel Barenboim. La cuestionable narrativa de Barenboim El eximio pianista ha hecho curiosas “contribuciones a la paz” que se remontan por lo menos a 1999, cuando con músicos árabes y judíos fundó la orquesta Diván en sociedad con Edward Said. La orquesta forma parte de un programa cultural con el que se difunde una idea: la solución del conflicto en Medio Oriente pasa por la desaparición de Israel como Estado judío. En ese contexto, Said se opuso a los Acuerdos de Oslo de 1993 por considerarlos una traición de Arafat al pueblo palestino, ya que parecían implicar la aceptación de Israel o, según lo explicara Barenboim en su discurso en la Universidad de Columbia en 2005: no habrá solución hasta que Israel “no acepte la narrativa de los palestinos”, es decir renuncie a legitimar su propia existencia. Para agravar el argumento, Barenboim sostuvo en la misma ocasión que los atentados suicidas deben entenderse en ese marco de esa “no aceptación por parte de Israel”, y que nada menos que la judeofobia en su conjunto es el corolario de dicha intransigencia. Barenboim suscribe consistentemente la fórmula de que “Israel, y sólo Israel es el problema”. Quizás de allí derivan su concepción de “paz” y su candidatura al Nobel. Cabe agregar que desde 2004 la Junta de Andalucía financia esa ideología, desde que se creara en Sevilla la Fundación Barenboim-Said. No es infrecuente que España contribuya económicamente a difundir el antisionismo. El año 2002 fue el más sanguinario del terrorismo palestino, que hizo volar restaurantes, discotecas, hoteles y cafés cobrando la vida de 220 israelíes ese año solamente. Durante marzo, Barenboim dirigió su orquesta en la ciudad de Ramala, capital de la Autoridad Palestina, y no dedicó ni una sola palabra a favor de la paz. Se limitó a su ritual de reprender a Israel mientras ésta era atacada del modo más brutal. El mismo silencio cómplice fue mantenido por el “pacifista” Barenboim en España en agosto de 2003. Mientras conducía el “Concierto por la Paz” con una orquesta árabe, un autobús hebreo fue hecho explotar en Jerusalem. Entre los muertos hubo muchos niños y bebés. Cuando se le informó al distinguido músico, se negó a condenarlo o a hacer llamamiento alguno a la paz, porque su propia versión de paz es inentendible para quienes carecemos de su sensibilidad artística.

Barenboim no reprueba las masacres de judíos en un Israel que “no acepta la narrativa palestina”. No termina aquí el pacifismo del candidato al Nobel. Su supuesta solidaridad con los palestinos se circunscribe a la confrontación contra Israel. Por ello no atinó a defenderlos cuando trece jóvenes músicos palestinos de la orquesta Cuerdas de Libertad ofrecieron un concierto en la ciudad israelí de Holón ante un grupo de ancianos sobrevivientes del Holocausto (25-3-09). La belleza de aquel encuentro incluyó que jóvenes árabes y ancianos judíos terminaran cantando juntos. A alguien podría ocurrírsele que quizás ése fuera un genuino acto de paz. No a Barenboim. Cuando la directora de la orquesta, Wafa Younis, regresó a su hogar en Jenín, fue expulsada por el Gobierno palestino, que clausuró su estudio musical y desbandó la orquesta. No hubo más cuerdas de libertad, y Barenboim ni siquiera lo criticó, como nunca criticó que Hamas prohibiera en Gaza los instrumentos musicales no mencionados en el Corán, ya que probablemente dicha medida debiera considerarse como parte de la “liberación” general que se vive Gaza, la misma libertad que Said pregonaba para Israel en su conjunto. Cuando hace unos meses Barenboim condujo a un grupo de cincuenta músicos europeos en la Gaza del Hamas (10-5-11), se jactó de su “signo de solidaridad y amistad con la sociedad civil de Gaza”. La sociedad civil a la sazón bombardeada desde Gaza no mereció solidaridad ni amistad, acaso porque no acepta la narrativa palestina. Tampoco ofreció solidaridad a los civiles árabes perseguidos en Gaza. Por ejemplo los homosexuales palestinos (penados con la muerte en la liberada Gaza) y los cristianos sometidos al islamismo, unos y otros pueden encontrar refugio sólo en Israel. Barenboim no se ha enterado, y quizás por ello rechazó categóricamente participar con su música de las celebraciones del sexagésimo aniversario de Israel, ni siquiera como un gesto de pretendida ecuanimidad. En Gaza, el único acuerdo “de paz” al que deseó éxito es el que firmaron en Egipto el Hamas con Fatah, un pacto que nucleaba a toda la población palestina en torno del fanático enfrentamiento.

En 2005, mientras presentaba el libro que escribió con Edward Said, Barenboim se negó a escuchar preguntas de una periodista de la radio del ejército israelí, y luego en la Universidad Columbia de Nueva York comparó a los israelíes con los nazis. En 2008, Barenboim recibió un merecido pasaporte palestino, y las felicitaciones de Mustafa Barguti quien exaltó del músico su “solidaridad con el pueblo palestino”. Olvidó decir: con la parte del pueblo palestino que sea musulmán, heterosexual y poco musical. Hay un músico no menos genial que Barenboim infinitamente más merecedor del Premio Nobel de la Paz: el indio Zubin Mehta. Sin estridencias, sin declaraciones ampulosas, sin delirios de grandeza, ha sido un amigo de toda la vida de Israel, y por lo tanto un campeón de la verdadera paz. Visitó el país en cada guerra que nos impusieron: en 1967, en 1973, y aun en 1991, cuando caían en Tel Aviv los misiles de Saddam Hussein, y Mehta debió conducir su concierto con la máscara de gas colocada en el rostro. (Máscara que para Barenboim debe de explicarse con que los judíos “no aceptamos la narrativa palestina”). Cuando Hamas bombardeaba la ciudad fronteriza de Sederot, allí llegó Zubin Mehta para presentar un concierto. Lo dedicó al joven Guilad Shalit, entonces secuestrado por la banda del Hamas de la que Barenboim agradecía el pasaporte, sin jamás visitar los refugios del Néguev para deleitar con su música a los niños hebreos lisiados por los morteros. Sus visitas a Israel se vieron signadas por la provocación de tocar Wagner inconsultamente en el país de las víctimas del nazismo, ancianos a quienes ese genio alemán fue impuesto en los campos de la muerte. El ejemplo vivo de un gran músico que es un genuino amante de la paz es Zubin Mehta. Se condenaría a una mácula más al Premio Nobel si no fuera Mehta sino Barenboim el galardonado.

Autor: Gustavo Perednik
Fuente: PERIODICO COMUNIDADES – Radio Jai