Opinión: El misil más grande ganará

El ardiente odio que muchos sienten por Donald Trump tiende a hacernos olvidar que no es su personalidad sino su política la que nos debe interesar. Y como el odio por Trump, el amor por Barack Obama tiende a hacernos olvidar que él también tenía políticas, no solo una personalidad. Si comparamos a los dos, podremos obtener una perspectiva de lo que ocurre ante nuestros ojos.

La política de Obama en el Oriente Medio (pero también fuera de ahí) se basaba en la suposición de que el sistema tradicional de alianzas de los Estados Unidos a veces lo arrastraba a guerras innecesarias. Pensaba que tales guerras aguardarían a los Estados Unidos en el futuro si continuaba apoyando a los países moderados de nuestra región que temen el surgimiento del Islam político radical.

Obama creía que el Islam político no desaparecería. Si lo arrinconamos con guerras cada vez más inconclusas, solo se volvería más desesperado y violento. Es por eso que los radicales deberían ser incorporados a un sistema de acuerdos en lugar de condenados al ostracismo: Irán primero, pero también la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y el Egipto de la Hermandad Musulmana. Si ellos tenían interés en ese nuevo orden, tendrían interés en preservarlo.

Se suponía que esa era la forma de domarlos. Por lo tanto, Obama extendió su mano a los extremistas por encima de las cabezas de los moderados, los aliados tradicionales de los Estados Unidos. Esta visión implicaba que nuestros antiguos amigos ya no serían nuestros amigos, porque lo que ahora se trataría es de saber como llevar a nuestros antiguos enemigos al redil.

Obviamente, esto significaba socavar los intereses de Jordania, Egipto, Arabia Saudita e Israel para aplacar a Irán, Turquía, al partido del entonces presidente egipcio Mohammed Morsi de la Hermandad Musulmana y por vez primera a Hamas (recuerden ese extraño movimiento durante la guerra de Gaza del 2014 por el que Obama intentó vendernos un alto el fuego desventajoso en Gaza y patrocinado por Turquía y Qatar).

Pero la esperanza de apaciguar al radicalismo islámico resultó un rotundo fracaso. Esta política les dio de facto a los radicales las manos libres para ahogar el Oriente Medio en sangre y destrucción: el fortalecimiento de Irán y sus tentáculos en Irak, Siria, Yemen, Líbano y Gaza, y el abandono de Siria a los rusos fomentando así un régimen que combatía a sus propios ciudadanos con gases, y que asesinó a alrededor de medio millón de ellos y convirtió a varios millones en refugiados. Al mismo tiempo, Erdogan se hizo más fuerte a costa de los kurdos, y los matones del vecindario de todo el mundo vieron y entendieron que todo estaba permitido.

Quienquiera que hubiera sucedido a Obama debería comenzar reparando los daños provocados por esa administración, porque el orden mundial había empezado a caer en el caos y desde allí probablemente habría procedido a una carrera de armas nucleares por parte de las potencias secundarias, lo que sería aterrador según cualquier criterio.

Trump se concentró enérgicamente en la tarea de crear orden. El lema de los sombreros rojos, “Make America Great Again“, puede haber sonado vacío durante la campaña, especialmente cuando estuvo acompañado de generosas cantidades de retórica vulgar. Pero como presidente, eso es exactamente lo que Trump se propuso: restablecer la posición de superpotencia de Estados Unidos.

Es difícil cuantificar esta cualidad escurridiza, pero el prestigio y la credibilidad son esenciales para una potencia mundial si busca preservar el orden internacional. Para ese propósito, Trump produjo una serie de zanahorias y palos, y pronto se hizo evidente para sus rivales y amigos que planeaba usarlos con entusiasmo. Los expertos continuaron diciendo que él era caprichoso, pero los enemigos de los Estados Unidos captaron el mensaje.

La cumbre en Singapur fue un logro que no se refleja necesariamente en el documento que se firmó, sino en la forma en que se logró. En un ambiente de amenazas descaradas y creíbles (y aparentemente al presionar a China también), Trump dejó en claro que cualquiera que le arroje un misil recibirá un recordatorio de que el misil de Trump será más grande.

Mucha gente pensó y todavía piensa que esto es vulgar y demuestra falta de sofisticación. Pero cuando comparamos todo esto con la sofisticación de Obama, da lugar a algunos pensamientos melancólicos sobre cómo, con un poco menos de sofisticación, al estilo de Ronald Reagan o Donald Trump, puede haber evitado que el orden internacional  se deteriore aún más. Ahora todos los ojos están puestos en Irán, y solo podemos esperar que Trump lo haga con la misma determinación.

Autor: Gadi Taub
Traducción: José Antonio – Safed-Tzfat