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Opinión: Barenboim no es Charlie

Cada tanto, el telón se corre antes de tiempo, las luces se encienden anticipadamente, caen las máscaras, y el actor queda expuesto por lo que es, a la vista de todos. Semejante momento ocurrió días atrás en España con Daniel Barenboim en escena.

A una semana del bestial ataque contra Charlie Hebdo y un mercado kosher en Paris, el director se hallaba en Madrid presto a dar un concierto con su interreligiosa West-Eastern Divan Orchestra. Durante una conferencia de prensa previa en la Caixa Forum, con el trasfondo palpable del jihadismo global, eludió olímpicamente abordar el tema que mantuvo en vilo al mundo entero. Cuando una periodista le preguntó si él adhería al eslogan Je suis Charlie, el maestro se mostró extrañado y respondió: “No entremos en ese tema porque es muy complejo”. Luego habló de la libertad de prensa, de que no se debe matar por no coincidir con el otro y otros clichés típicos suyos. Lo que quedó claro es que este hombre universal, ampliamente adulado por su presunto pacifismo y multiculturalismo, se negó a solidarizarse con las víctimas francesas del episodio de terrorismo islámico que shockeó a la opinión pública mundial hasta sus cimientos, provocando una manifestación multitudinaria histórica en la capital francesa con la presencia de decenas de líderes internacionales así como expresiones de solidaridad desde Antofagasta hasta Melbourne y con una toma de posición popular que se cristalizó en una edición simbólica millonaria de un nuevo número del semanario satírico agotada en cuestión de horas.

jesuischarlieLa apelación a la “complejidad” del caso fue una cobertura para el escapismo moral de Barenboim. El conflicto palestino-israelí -con sus múltiples facetas religiosas, políticas, históricas, geográficas- no es menos complejo que un incidente terrorista atroz, y, sin embargo, el músico universal continuamente vierte opiniones al respecto. Interpretar las óperas de Richard Wagner en Israel es un tema complejo que concierne a la relación del compositor alemán con el antisemitismo de su tiempo, la exaltación que los nazis hicieron de su obra y a las dimensiones culturales y emocionales que su música tiene en el estado judío. Empero, Barenboim insistentemente aborda ese tema en sus actividades. La relación de la diáspora judía con el estado de Israel es ciertamente un asunto de alta complejidad que toca con aspectos de identidad, pertenencia y nacionalismo. No obstante, Barenboim opinó sobre ello durante su conferencia: lo hizo para criticar al Primer Ministro Binyamín Netanyahu por haber sugerido a los judíos franceses que emigraran a Israel y por afirmar que este país era su hogar. “Esa es una declaración antisemita”, fustigó el hasta hacía un instante excesivamente prudente músico, “porque [eso] es lo que dicen los antisemitas: que los judíos son diferentes, que nunca van a ser franceses o alemanes o argentinos”. Para Francia, en cambio, tuvo halagos: “El gobierno como el pueblo francés reconocen la importancia de los judíos en Francia”.

El maestro pareció perder noción del contexto actual y de la historia reciente. Francia cuenta con la comunidad judía más grande en la diáspora fuera de los Estados Unidos, casi medio millón de almas. Pero por cada judío hay diez musulmanes en Francia, y de éstos, el 27% de los menores de 24 años apoyan al ISIS según una encuesta del 2013 citada en la revista Commentary. De su seno han surgido fanáticos judeófobos que han atacado miles de veces a la grey hebrea allí esta última década. En 2006, un grupúsculo autodenominado “la banda de los bárbaros”, integrado por inmigrantes musulmanes norafricanos, secuestró al joven judío Ilán Halimi. Durante más de tres semanas lo retuvieron cautivo; torturándolo, golpeándolo, arrojándole ácido, quemándolo y apuñalándolo hasta matarlo. En 2012, Mohammed Mera, un musulmán francés de ascendencia argelina, asesinó a tiros al rabino Jonathan Sandler, dos hijos suyos y otro niño en una escuela hebrea en Toulouse.

El mismo año, un islamista arrojó una granada contra un mercado judío en Sarcelles. En julio del 2014, una banda de musulmanes africanos atacó la sinagoga parisina Don Isaac Abravanel con hachas, palos y cuchillos. Al grito de “Alá es grande” y “muerte a los judíos”, durante horas intentaron ingresar al recinto que contenía a doscientos feligreses aterrados, hasta que la seguridad de la comunidad y la policía estatal lograron dispersarlos. Sólo durante julio y agosto del año pasado hubo ocho intentos de incendiar o destruir sinagogas en Paris. Asimismo, acontecieron profanaciones de cementerios judíos e insultos públicos a los judíos, a quienes las autoridades recomendaron ocultar signos visibles de su identidad en la vía pública. El último mes del año, en la localidad de Creteil, una mujer judía de diecinueve años fue violada por ser judía durante un atraco a una librería hebrea; un mes antes un hombre judío de setenta años fue atacado a golpes en otro episodio antisemita. No es por nada que Francia se ha convertido en la nación de la que más judíos están emigrando a Israel.

Nada de esto parece incumbir al célebre conductor de orquesta, para quien el premier israelí es un antisemita, Francia valora a sus judíos y los nueve periodistas, tres policías y cuatro ciudadanos judíos asesinados por islamistas en la capital del país no son dignos de su solidaridad.

No, Barenboim no es Charlie. Pero no lo es en un sentido diferente. Charlie Hebdo desafió, denunció y ridiculizó al fanatismo islámico de un modo que el músico con pasaporte palestino e israelí jamás haría. Al igual que el compositor, el semanario ofendió a los judíos. A diferencia suya, Charlie adoptó una postura crítica del fundamentalismo islámico. Quizás eso sea demasiado “complejo” para Barenboim.

Autor: Julián Schvindlerman
Fuente: Anajnu Chile