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El arte de corregir |
| BS"D
Vamos a hablar sobre la Mitzvá de tratar de corregir las malas costumbres ajenas. En todo momento, nos referimos a la figura hacia quien esta dirigido nuestro interés, como un tercero con quien nuestra relación posiblemente sea inconstante o poco frecuente, es decir, una persona con quien tenemos cierta familiaridad, pero con quien podemos estrechar el vínculo o bien podemos tomar cierta distancia. Esos podrían ser: compañeros de estudios, socios laborales, conocidos de la comunidad o parientes. Sin embargo, cuando la relación es más estrecha, como ser padres, hijos, hermanos y cónyuges, no existe la viabilidad de tomar distancia sin que esto genere alguna fricción y malestar. La Mitzvá, no obstante, es la misma, y, dada la proximidad natural y la intimidad habitual, los errores suelen ser más penosos que si se tratara de otras personas con quienes el vínculo es más remoto. Entre todos los parientes, el conflicto más ingrato se crea con el propio hijo. ¿Por qué? Pues en cuanto al hijo, el padre y la madre tienen la obligación innata (por sentir a su hijo como "propio" y para "quedar bien" ante la sociedad) y también sagrada (por orden de la Torá) de educarlo. Siendo así, no hay frialdad o desapego posible. Los padres están ligados al futuro de sus hijos en una unión
que no tiene comparación con ningún otro vínculo y
todo lo que hagan los afecta le algún modo.
Obviamente, esto que acabo de escribir es muy genérico, y no es bueno generalizar. Por lo tanto, es interesante leer lo que los Sabios recomendaron respecto a los hijos, para intentar proceder de acuerdo a sus enseñanzas. Se trata de conceptos difíciles de poner en práctica, pero sin duda que en última instancia, los beneficiados serán los propios padres y sus hijos. Ante todo: "Como principio, una persona no debe implementar un temor excesivo en su hogar..." enseña la Guemará en Guitín 6. La autoridad genuina no necesita asistirse con el miedo para hacerse valer. En otras áreas de la vida todos sabemos quien es autoridad en un tema determinado al tomar conciencia que esa persona conoce profundamente la materia. A su vez en la paternidad, los padres son autoridad, no porque la constitución del país les otorgó la potestad, ni porque asusten a alguien con su prepotencia, o necesariamente por su superioridad intelectual frente a los hijos, sino porque éstos ven en ellos a sus progenitores y, desde chicos, buscan imitarlos - para bien - y/o para mal. Por otro lado, los Sabios cuestionan al rey David por no advertir a su hijo Adoniahu la vida pública que llevaba (aparentaba ser el futuro rey, cuando D"s había determinado que sería Shlomó el heredero del trono - Melajim 1. Adoniahu terminó ejecutado). Lo que nos quieren demostrar con esta enseñanza, es que el hecho de no decir las cosas que están mal - quizás por temor a "perder" al hijo - en realidad juega en contra de los objetivos genuinos del padre - y del hijo. Cuando la reprimenda es necesaria, se convierte en un "derecho" del hijo, que al privárselo, sólo se lo está dañando. (Lo cual no significa que se lo reprenda en cualquier momento y modo que se le venga a la mente del progenitor). "Todo amor que no lleva consigo una admonición o exhortación, no se denomina amor (Bereshit Rabá 54). ¿Cuál es el camino óptimo? "Como pauta, debe
ser la mano izquierda la que aleja y la derecha la que acerca" (Talmud
Sotá 47). La mano derecha simboliza la más fuerte de
las dos. La confianza irrestricta donde no se distingue la figura
del padre, ni la distancia fría que aleja los corazones, brindan
el espacio ideal para la educación. Es necesario que ambas
conductas convivan en un mismo vínculo - dando prioridad y mayor
fuerza - a la familiaridad y a la franqueza.
Tristemente, no funciona siempre así. La reacción
de muchos padres irascibles suele ser más una venganza que un castigo
(Alei Shur del R. Shlomó Wolbe shlit"a). "Mirá lo que
me hizo" - "Me ensució la cocina" - "Me arruinó la reunión"
- "Me vino con una mala nota". Todos esos "me", sólo significan
egoísmo de los padres. Los niños no "les" hacen problemas.
Sólo se portan como niños. Cuando los padres los sancionan,
suele ser más una represalia por su propia frustración que
una merecida penitencia. Vemos entonces, que si bien el tema de corregir
siempre es un reto, con los hijos se torna más grave. A su
vez, no podemos dejar de mencionar el tema de la impresión que causa
en los niños, quienes están aún en su etapa
evolutiva, toda agresión que sufran de terceros y, en particular,
la de sus padres. Muchos coincidirán que las palizas que reciben
por lo general no rectifican nada, y menos aún, si se administran
con mucha frecuencia, sino que casi indefectiblemente, tendrán el
efecto contrario. Sin embargo, lo que pocos notan, son los resultados
del abuso verbal del cual son objeto los propios hijos. La
Claudio |
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