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Manuscritos del mar Muerto

Introducción

 

 

Para ser justos hay que reconocer que, a medida que la presión aumentaba, el equipo de edición respondió acelerando el proceso de publicación. John Strugnell, nombrado jefe del equipo de edición en 1987, amplió el número de miembros e incluyó por primera vez a judíos e israelíes.

Convenció a uno de los miembros del grupo inicial, J. T. Milik, para que cediera una gran parte de su lote original a fin de asignarlo de nuevo a investigadores más jóvenes. De acuerdo con los demás miembros el equipo, estableció un «calendario provisional» para completar la obra.

Al mismo tiempo, la Israel Antiquities Authorlty (entonces Israel Department of Antiquities [Departamento de Antigüedades]) comenzó por primera vez a hacer valer sus derechos en relación al problema de la publicación de los manuscritos del Mar Muerto.

Israel consiguió la posesión material de los fragmentos de la cueva 4 en la guerra de los seis días de 1967.

Resulta una ironía que fuera el propio gobierno jordano quien diera a Israel un derecho sobre los fragmentos de los manuscritos de la cueva 4 que no habría tenido de otra forma. Como ya se ha indicado, los fragmentos de la cueva 4 se adquirieron con fondos provenientes de escuelas nacionales que, presumiblemente, podían reivindicar la propiedad de los fragmentos.

No obstante, en 1961 el gobierno jordano enturbió las aguas - digámoslo con este eufemismo - .

Éste es el trasfondo de la historia: la mayoría de los miembros del equipo original eran clérigos católicos. El único agnóstico del grupo era John Allegro, cuya ideas singulares sobre los manuscritos y su contenido lo marginaron rápidamente del resto del equipo. En el conflicto posterior entre Allegro y los otros miembros del grupo, él intentó ganarse para su causa a sus amigos en el gobierno jordano. Sostenía que Jordania debía arrebatar a esos clérigos católicos documentos de los que se servían para sostener sus creencias religiosas mientras que, al mismo tiempo, suprimían interpretaciones de los manuscritos que, a su juicio, podían socavar su doctrina religiosa. Aún no se ha contado toda la historia de este conflicto.

Pero en 1961 el gobierno nacionalizó los manuscritos. (En noviembre de 1966 Jordania nacionalizó el museo.) Después reivindicó la propiedad de los fragmentos de la cueva 4. (Naturalmente, los manuscritos intactos que pertenecían a Israel estaban albergados en su propio museo, el Santuario del Libro en Jerusalén occidental.) Cuando Jerusalén -y el Museo Rockefeller- cayeron en manos israelíes en la guerra de los seis días de 1967, los bienes del gobierno jordano, incluidos los fragmentos de los manuscritos de la cueva 4, quedaron sujetos a la administración israelí.

Incluso sin la nacionalización de los manuscritos por Jordania, los israelíes habrían tenido motivos poderosos para reivindicarlos, no sólo porque solamente dos países -Gran Bretaña y Pakistán- reconocían la soberanía jordana sobre Cisjordania, donde habían sido descubiertos, sino también porque los propios documentos formaban parte del patrimonio de Israel, y no del de Jordania.

En cualquier caso, cuando los fragmentos de los manuscritos pasaron a ser propiedad de Israel en 1967, Israel no hizo ningún esfuerzo por conseguir el control del proyecto de publicación - quizá por miedo a las repercusiones políticas si se suscitaban cuestiones de propiedad -. Así pues, las autoridades israelíes ni siquiera intentaron incluir a judíos en el equipo oficial de publicación. Por el contrario, Israel estuvo de acuerdo en reconocer los «derechos de publicación» del equipo oficial, con la única condición de que los fragmentos fueran rápidamente publicados. Naturalmente, no fue así.

Israel ni siquiera hizo ningún esfuerzo por afirmar su autoridad hasta que un ex general, Amir Drori, fue nombrado director de la Antiquities Authority en 1988. Drori introdujo numerosas reformas e infundió un nuevo vigor en esta institución. Su influencia se percibió también en relación a los manuscritos del Mar Muerto. En efecto, más tarde afirmó que las reformas que introdujo no tuvieron nada que ver con la campaña de la Biblical Arcbaeology Review para permitir el libre acceso a los manuscritos, y es probable que ésta sea la verdad. Bajo la tutela de Drori se nombró un comité asesor de los manuscritos del Mar Muerto, que tenía como misión representar a Israel en el proyecto de publicación de los manuscritos del Mar Muerto. Aunque Drori, siguiendo la recomendación del comité asesor de los manuscritos, ratificó el nombramiento de Strugnell en calidad de jefe de edición, las relaciones entre Strugnell y la Antiquities Authority se deterioraron pronto en la lucha por el poder. A finales de 1990 los israclíes nombraron a Emanuel Tov, de la Universidad Hebrea, jefe de edición junto con Strugnell, pero, intencionadamente, Tov no informaba a Strug- neli, sino a la Antiquities Authority.

Strugnell reaccionó con furor ante el nombramiento de Tov, pues lo consideraba un abuso de autoridad. Según un informe de la Associated Press, «Strugnell dijo que lucharía contra el nombramiento de Tov, que calificaba como un 'intento alarmante" de los estudiosos israelíes de reivindicar el mérito de las investigaciones». Poco después Strugnell concedió una virulenta entrevista antijudía a un periodista israelí, publicada primero en hebreo en un diario de Tel Aviv y después en inglés en la Biblical Archaeology Review.

Strugnell fue rápidamente destituido como jefe de edición, pero no excluido del equipo. En el momento en que se escriben estas líneas conserva aún su lote de textos.

Tras la destitución de Strugnell, Toy paso a ser jefe de edición junto con otros dos jefes de edición, el profesor Eugene Ulrich de la Universidad de Notre Dame y el padre Émile Puech de la École Biblique. Desde entonces el equipo director ha trabajado con eficiencia y armonía. Su respuesta al escándalo internacional consiste en ampliar el número de los miembros, crear pautas para la conclusión de los trabajos y urgir a los diferentes responsables de edición para que aceleren sus investigaciones. Además, han persuadido a algunos de ellos -particularmente a J. T. Milik- para que cedan a otros estudiosos una parte mayor de su lote.

Por otra parte, el equipo, así como también la Antiquities Authority y su comité asesor de los manuscritos, han defendido vigorosamente a los miembros del grupo, insistiendo, no obstante, en que debe ser ampliado: los textos no publicados deben seguir siendo secretos, aunque se pueda permitir a otros investigadores cualificados que los estudien, a condición de que éstos se comprometan a no publicarlos antes de que un miembro del equipo de edición publique la editio princeps.

Como parte de su esfuerzo por acelerar el proceso de publicación, Strugnell decidió en 1988 imprimir, para uso exclusivo del equipo de edición, la concordancia preparada a finales de la década de 1950. Hasta 1988 este documento estuvo en el sótano del Museo Rockefeller, donde era prácticamente inaccesible. Una concordancia sería una herramienta preciosa para todos los que trabajaran sobre los textos porque indicaría al investigador todos los usos de una palabra particular, incluido su contexto. En 1988, bajo la dirección de Strugnell, se imprimieron y distribuyeron treinta copias de la concordancia. El equipo no había hecho pública la concordancia anteriormente por miedo a que alguien pudiera reconstruir, con la ayuda de este instrumento, las transcripciones secretas a partir de las cuales se había preparado.

Ciertamente habría sido una empresa laboriosa, pero los miembros del equipo sabían que alguien podría llevarla a cabo. Sin embargo, cuando Strugnell imprimió la concordancia en 1988 había llegado la era del ordenador. Ya no era tan laborioso reconstruir las transcripciones secretas a partir de la concordancia. Lo que el equipo había temido fue justamente lo que sucedió...

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