HebreosNet - Series Especiales - Bobes & Zeides - Historia de una inmigrante, mi mamá
|
Historia de una inmigrante, mi mamá
|
|
HISTORIA DE UNA INMIGRANTE , MI MAMÁ
Se llamaba Raquel nacida en Bender- Besaravia- Rumania, ella me
contó, que cuando dejó su ciudad natal, para venir a Argentina
comenzó a despedirse, primero, de su hermana menor Lucy, gran compañera
y cómplices en travesuras; fue tan difícil ese momento
que Lucy optó por esconderle el unico par de zapatos para demorar un
poco más el despegue.
Luego, tuvo que hacerlo de su severo padre, el rígido
religioso que a pesar de las bromas del vecindario cristiano usaba
frac y galera en las altas fiesta judías, prevaleciendo el rito de venerar
la festividad.
Fue doloroso el momento de decirle adiós a su
madre Malka, la gran pacifista, quien para sobrellevarlo mejor, decidió
atarearse ayudándola con el equipaje, en él fue poniendo objetos
queridos del hogar que aún estaban en uso, los candelabros sabáticos,
un porta retrato con la fotografía de la familia y las carpetitas
tejidas al crochet que estaban sobre las mesitas.
Allí partía una bella joven rumana con largas trenzas castañas apenas recogidas en la nuca con un manojo de temores solo superado por sus ilusiones y fantasías. Raquel dejo atrás su casa y la fábrica de tamices de harina, pasó por ultima vez por el taller de costura: cinco años de su juventud pasaron dentro de esa sala que hacía de academia y lugar de trabajo. Estudiar alta costura en Rumania, implicaba tener mucha constancia y aceptar que los dos primeros años solo eran hilvanar, sulfilar y observar, estar atenta a cómo los demás trabajaban, recién después se participaba del cortado de las prendas, la prueba, poder encontrar el defecto, saber cómo solucionarlo y finalmente aprender el trato con la clienta. Todo este aprendizaje era el capital que llevaba en su mente y sus manos para ganarse el sustento en el nuevo continente. El barco que finalmente la llevaría a Sudamérica zarpaba de Francia dos meses más tarde de su llegada a París. Se hospedó en la casa de un rabino, a cambio de trabajos de costura para su familia, allí perfeccionó el francés, encontrando en esa casa la paz y armonía suficiente para calmar en algo sus angustias y temores. El Rabí le entregó al despedirse un obsequio con la bendición para su nuevo hogar: era el pergamino que va dentro de la mesusá, el mismo que hoy está colgado en mi casa. Cuando llegó a la Argentina, Zale, su hermano, subió al barco para que la dejaran desembarcar, pues las mujeres jovenes y solas necesitaban tutores. Era la época en que se traían desde Europa, especialmente de Polonia a jóvenes mujeres, engañadas con la ilusión de vivir en América y escapar de la pobreza. Ante la prohibición de bajar solas del barco, se presentaban señores que las protegían y asumían el compromiso de hacerse cargo de ellas, cuando en realidad luego eran destinadas a los prostíbulos. Éstos, despreciables personajes ,de gran poderío económico, eran una vergüenza para toda la comunidad judía, continuamente se los expulsaba de la misma, no se les admitía en los espectáculos sociales ni siquiera tenían un lugar en los cementerios de la colectividad. Raquel protegida y feliz con su hermano se fue, directamente a vivir a Tucumán . Allí le asombró la abundancia de naranjas que crecían en árboles de las calles, ver como maduraban y caían en la vereda pudríendose, cuando en Europa la naranja era llevada como regalo a los enfermos. También le sorprendió que debíera hacer regimén para adelgazar, para poder competir con las jovenes locales, dado que en este país era distinto que en el suyo donde: “una mujer gordita era sinónimo de salud”. Por su forma independiente de ser y ademas muy buena modista enseguida se puso a trabajar y pudo mantenerse sola económicamente.
Al poco tiempo le presentaron a Jaime, un buen mozo y
dueño en sociedad de una fábrica de elásticos para camas, a los dos
meses de noviazgo se casaron en Buenos Aires.
Se fueron a pasar su noche de boda al Hotel de Tigre,
al que llegaron en el colectivo numero sesenta.
Año 1937, su vivienda era tipo conventillo, es decir
una casa con varias cuartos sub.-alquilados. Las hornallas para
cocinar estaban en el patio delante de cada pieza.
Quien ocupaba primero la soga de colgar la ropa lavada, el sentirse
perseguidos por los no judíos en plena época de la guerra y tener que
compartir un baño con los otros inquilinos, eran las grandes
incomodidades y las diarias discusiones en esas casonas.
Así también era fácil conseguir otra vivienda para alquilar y
mudarse. Mi resuelta e impulsiva mamá nos contó que un día
luego de una discusión con una vecina del conventillo que la amenazó con
un cuchillo, decidió mudarse. Cuando mi papá vino del trabajo ella
lo estaba esperando en la puerta para anunciarle que ya no vivían allí.
Uniendo las imágenes que llegan a mi mente, recuerdo la
magia de los sábados, día de limpieza general: todo estaba revuelto, se
ventilaba los colchones y alfombras de pura lana y se
pasaba del olor a polvo al de cera y flit, se
lustraba los pisos, se baldeaba todo el patio, los vidrios
brillaban y a la nochecita llegaba la gran
hora del baño que era muy especial. Mi mamá nos daba
toda esa atención que durante la semana se la llevaban el
negocio y la costura. El vapor invadía la cocina, los tachos
galvanizados hacían de tinas donde nos sentaban con el agua calentita
justo a punto, se cerraban la puerta y ventana de la cocina para
conservar el calor, entonces empañaban los vidrios y nosotras podíamos
hacer en ellos dibujitos, allí en la cocina se mezclaba el olor a jabón
con el de la comida que estaba sobre el fuego.
Mi mamá era una persona muy activa pero también de naturaleza desconfiada y disconforme sobre todo se sentía sacrificada con mala suerte. Hay algo que heredé de ella por lo que le estoy muy agradecida es su energía para seguir adelante y el no darse por vencida.
También de ella
tengo algo grandioso y es el clima de las fiesta judías. Una semana antes
se comenzaba por la limpieza a fondo de la casa, investigación de precios y
calidades de las compras. Luego, se empezaba a preparar la
comida, el strudel, de las tortas blanca y de miel. Todo se media con
el mas o menos, un vaso de los de té de azúcar, uno de miel, uno o
dos huevos y más o menos dos vasos de harina, para luego batir las claras a
punto nieve en una especie de palangana enlozada con dos tenedores o un
batidor de alambre.
Cuando estaba
lista el leikaj o los pollos, los llevábamos al horno de la panadería
que quedaba a tres cuadras de mi casa. Aún veo la escena cuando volvíamos
con la comida ya hecha, parecía un solemne desfile de
bandejas tapadas con servilletas blancas que iban derecho al
comedor y se colocaban arriba del aparador y las mesas, mientras la casa se
impregnaba de olor a dulce y canela, en realidad, con olor a
festividad-Iom Tov.
Cuando llegaba el momento de cocinar el pescado, mi mamá se arremangaba y mezclaba a pura mano directa el pescado molido, mi papá la supervisaba para que no mezquinara huevos. La cocción debía hacerse, según ellos, en un mínimo de dos horas.
Otro operativo era poner la mesa abríamos las puertas que daban al
vestíbulo y se agregaban mesitas y sillas prestadas por los vecinos,
siempre éramos mucho, al principio eran solo paisanos, después se
fue incorporando familiares a medida que las nenas tenían
novio. Al final de la cena cada uno se llevaba un paquetito con pan trenzado
y torta.
A los 82 años se enganchaba con las novelas de la televisión y decía que la dejaban tan preocupadas que después no podía dormir en toda la noche. Había engordado bastante, se arregla la ropa para que le calzara, siempre con su especialidad de vestidos-jumper combinados de distintas telas que alguna vez le habrán sobrado de las clientas.
En sus últimos
años, el mejor paseo era llevarla a los grandes
supermercados alli podia tocar y apretar la mercaderia, se
apoyaba en el carrito y éste le hacia de soporte.
Mi querida mamá estuvo internada sus dos ultimas semanas de vida, por un problema cardíaco, pero en todo momento siguió haciendo proyectos: le ofrecía alquilarle una habitación en su departamento a alguno de los médico joven del sanatorio y así tener ayuda cerca en una emergencia.
Cuando entró al quirófano, dijo:
“ A nadie por mas vieja que sea le gusta irse al pozo.” Esa última frase quedó vibrando en mi y de hecho caracterizándola: “ mi mamá nunca se dió por vencida “ pero muy a pesar de ella, dejó de vivir en febrero año 1997. ***************** Un beso mamá ¿como que creias que te ibamos a olvidar? Rajile . |