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Clinton a Bibi: “¿Quién es aquí la maldita superpotencia?”-La historia de la injerencia de los EE.UU. en las elecciones de Israel

Los israelíes han estado interviniendo en la política estadounidense durante años. ¿Deberían los estadounidenses intervenir en la política israelí?

Apuesten a que lo haremos.

Cuando John Kerry dijo esta semana que él no hacía comentarios sobre la política interna de otras naciones, el hablaba en serio. Pero eso no quiere decir que Washington no tenga sus favoritos o no trate de influir en el resultado.

Con las elecciones israelíes ahora programadas para marzo de 2015, no hay duda de que la administración Obama está alentando al Sr. o la Sra. CMB – “cualquiera menos Bibi” -. Pero el presidente y el secretario tienen que ser muy cuidadosos en este punto. Nosotros no leemos la política israelí muy bien, y no hemos demostrado ser muy eficaces en su predicción, por no hablar de la orquestación de los resultados. El mejor consejo para una administración que no se ha demostrado nada firme y estable en el Oriente Medio, particularmente en el trato con Israel, es que se mantenga fuera de la política israelí.

Nosotros diremos, por supuesto, que vamos a trabajar con cualquier gobierno israelí debidamente electo. Y así lo haremos. Pero habiendo trabajado para varios gobiernos republicanos y demócratas sobre la relación EEUU-Israel y el proceso de paz durante muchos años, puedo decir con cierta autoridad que el compromiso de trabajar con cualquier liderazgo no significa que no juguemos a favorecer a nuestros favoritos.

Y nuestros favoritos son esos líderes alineados con lo que podría describirse en términos políticos estadounidenses como “demócratas liberales” de Israel, que defienden y tienen una mentalidad abierta y bastante liberal con respecto al proceso de paz, a diferencia de los “republicanos” de Israel que son más conservadores y tenaces.

En Washington, tanto si se trata de una administración republicana o demócrata, queremos de hecho a líderes israelíes como Rabin, Peres y Barak, aquellos que ven el mundo más o menos de la misma forma que nosotros en lo referente al proceso de paz de dos Estados. Tuvimos un tiempo mucho más difícil con esos otros líderes israelíes – Begin, Shamir, Netanyahu – cuyas opiniones sobre qué hacer con los palestinos no están de acuerdo, naturalmente, con la nuestra. (Sharon era un caso especial. Él y George W. Bush se llevaron bastante bien porque ambos realmente no estaban demasiado preocupados por el proceso de paz y ambos gobernaron en una era de terrorismo).

Pero a veces esos juicios iniciales sobre quién es quién terminan confundiendo al malo o el bueno. Y eso es debido a que las administraciones estadounidenses tienden a dividir el espectro político israelí en dos partes: los “buenos israelíes” que comparten nuestros puntos de vista y los no tan buenos, pero no estamos del todo seguros qué hacer con el hecho de que primeros ministros israelíes de todos los colores políticos han continuado con la construcción en los asentamientos de Cisjordania y de algunas partes de Jerusalén oriental, lugar que nos gustaría ver convertido en la capital de un Estado palestino.

Es un hecho incómodo, pero es importante reconocerlo, que de los tres grandes avances orquestados por los Estados Unidos en el proceso de paz en el Oriente Medio, dos de ellos, el tratado de paz entre Egipto e Israel y la conferencia de paz de Madrid, vinieron de la mano de primeros ministros de línea dura del Likud. El tercero – los tres acuerdos de separación siguieron a la guerra de 1973 – fue cortesía de un primer ministro laborista de línea dura, Yitzhak Rabin.

Pero alentar secretamente a los “buenos israelíes” y desearles el éxito es una cosa. ¿Qué pasa en realidad cuando se hacen cosas que ayudan a los “buenos” a tener éxito o, alternativamente, se “debilita a los israelíes que no queremos” ver en el poder?

Puedo recordar al menos tres ocasiones en las que administraciones republicanas y demócratas escogieron voluntariamente a sus favoritos israelíes y trataron de dar forma a los resultados electorales.

El primer ejemplo no se produjo en el inmediato período previo a las elecciones. Pero sin duda contribuyó, a propósito, a la derrota del Likud de línea dura de Yitzhak Shamir en 1992.

Las relaciones entre el primer presidente Bush y el primer ministro Shamir nunca funcionaron, sobre todo por la cuestión de los asentamientos. El ministro de Asuntos Exteriores Moshe Arens advirtió a Shamir, en la víspera de su primera visita a Washington en 1989, que los bushistas le cortarían las pelotas, y el tono de la relación no fue nada mejor después de eso. El presidente Bush llegó a creer que Shamir le engañó sobre la cuestión de los asentamientos, o le mintió de plano.

En última instancia, la cuestión se centró en la petición de Israel de miles de millones en garantías de préstamos de vivienda para ayudar a absorber a los judíos rusos. En vista de la continuación de la construcción en los asentamientos y el calendario de la próxima conferencia de paz de Madrid, el presidente Bush y el secretario de Estado James Baker estuvieron de acuerdo en posponer el crédito americano. Con el consentimiento del Congreso, el asunto se pospuso hasta principios de 1992 e incluso entonces la administración insistió en condiciones que Shamir nunca aceptaría.

La intención de Baker era clara: No dar a Shamir las garantías del préstamo para no ayudarle políticamente en lo que iba a convertirse en su batalla electoral con Rabin (No fue ninguna coincidencia que las memorias de Baker se titularan “La política de la diplomacia”). Dos meses después de la victoria de Rabin, el nuevo primer ministro firmó un acuerdo con el presidente Bush sobre las garantías del préstamo. ¿Acaso las acciones de EEUU ayudaron a la derrota de Shamir? Apuesten a que sí. La percepción de que Shamir había gestionado mal los lazos de Israel con los EEUU influyó bastante. Y la administración Bush ayudó a orquestar eso.

La segunda intervención fue mucho más evidente y ocurrió realmente en medio de la campaña electoral. Al igual que Bush y Shamir, Bill Clinton y Benjamin Netanyahu no eran exactamente unas almas gemelas. En junio de 1996, después de su primer encuentro, Clinton, frustrado por la impetuosidad de Bibi, explotó: “¿Quién es aquí la maldita superpotencia?”

También se pudo ver por qué las relaciones eran tensas. Durante los dos meses anteriores, Clinton había hecho todo lo posible para inclinar las elecciones en favor de Shimon Peres, un primer ministro interino a raíz del asesinato de Rabin por un radical israelí en noviembre de 1995.

Clinton había persuadido a Egipto, a Hosni Mubarak, de convocar una Cumbre de Pacificadores en Egipto en un esfuerzo por salvar el proceso de paz, y también a Peres, después de una serie de ataques terroristas de Hamas. Cuando Peres visitó Washington, Clinton alabó el liderazgo de Peres e insistió en referirse a las próximas elecciones realizando una referencia que todos comprendieran: “vote por Peres si usted es serio acerca de la paz”. Hubo incluso una especie de rumor sugerido por Peres, semanas antes de las elecciones de mayo, de que los EEUU trasladarían su embajada a Jerusalén. La idea nunca provino de Clinton. Pero si hubiera sido así, bien podría proceder de sus intentos de ayudar a Peres a ganar las elecciones. Y aún así, Netanyahu ganó.

Clinton, que tenía una relación extraordinariamente estrecha con Rabin (escribió en sus memorias que había amado a Rabin como no había amado a nadie), estuvo fervientemente comprometido con Israel y con los israelíes que creía que estaban dispuestos a tomar riesgos reales por la paz. De hecho, en diciembre de 2000, un mes antes de que su presidencia terminara, estaba dispuesto a volar a Israel a negociar un acuerdo entre el primer ministro Ehud Barak y el líder palestino Yasser Arafat, a fin de ayudar a Barak a derrotar a Ariel Sharon en las elecciones previstas para febrero de 2001. Pero el acuerdo fracasó y Barak perdió.

Ahora, cuando ha comenzado la cuenta atrás para las elecciones israelíes previstas para marzo de 2015, ¿el gobierno de Obama se inmiscuirá en la política interna israelí para tratar de inclinar la elección en contra de Netanyahu?

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La relación de Obama con Bibi es quizás la más disfuncional de cualquier relación entre un primer ministro israelí y un presidente americano en la historia de la relación entre Estados Unidos e Israel. Sin duda, a John Kerry también le gustaría ver a otro líder israelí con quien pudiera bailar un verdadero proceso de paz.

Sin embargo, las restricciones contra la injerencia de los Estados Unidos abundan. En primer lugar, está el Congreso controlado por los republicanos, que mira a cualquier halcón favorablemente. En segundo lugar, está la ausencia de una alternativa clara y creíble para Bibi con la que la administración americana se sienta próxima; y luego está la cuestión de los problemas derivados de tal presión. El proceso de paz se encuentra en un estado comatoso: el ISIS, Hamas, Assad, Hezbolá, y los mulás iraníes hacen que Israel se vea como los buenos.

Por último, está el propio Obama. Él no es desde luego Clinton. Así que.., ¿A él realmente le importa? ¿La mayoría de los israelíes confían en él? Podría emprender una campaña que dejara claro que Bibi no es la persona correcta ni el candidato ideal, ¿pero ese tal X lo sería? Yo apuesto por un “no” a las tres preguntas. Ni siquiera pensar en ello, señor Presidente.

Autor: Aaron David Miller 
Fuente: Daily Beast
Traducción: Safed – Tzfat