El Libro de Deuteronomio
El último libro de la Torá es especial en muchos sentidos. Está escrito mayoritariamente en segunda persona, siendo Moshé el que le habla al pueblo. De hecho, los sabios mismos llaman a Deuteronomio “las palabras de Moshé”.
¿Acaso no creemos que Dios le dictó toda la Torá a Moshé palabra por palabra? ¿Acaso no dicen los sabios que alguien que afirma que Moshé escribió una palabra, o incluso una letra por sí mismo, niega la Divinidad de la Torá?
El Malbim explica que el Libro de Deuteronomio consiste principalmente de las lecciones y amonestaciones que Moshé dio al pueblo, tal como lo afirma claramente el primer verso: “Estas son las palabras de Moshé al pueblo”.
Sí, estas eran palabras de un santo profeta pero eso no las hacía palabras de “Torá” para todas las generaciones. Dios le ordenó a Moshé que repitiera sus palabras una vez más antes de su muerte y que las escribiera exactamente como Dios las dictó. Ahora que habían sido dictadas por Dios, se convirtieron en parte de la eterna “Torá”, la palabra de Dios
El Libro de Deuteronomio tiene tres partes:
1. El primer segmento es una lección histórica. Moshé recuerda los eventos del pasado, haciendo aclaraciones para el beneficio de las nuevas generaciones que no los vivieron.
2. El fin del proceso de entrega de la ley. Moshé terminó de transmitir las 613 mitzvot que recibió en el Sinai, haciendo hincapié en aquellas que aplican específicamente a aquellos que entran a la Tierra de Israel.
3. La despedida final de Moshé antes de morir, ordenando al pueblo cumplir con la Torá, poniendo al cielo y a la tierra como “testigos” y advirtiendo las consecuencias nacionales de olvidar la Torá de Dios
Los versos iniciales de nuestra parashá nos dicen que Moshé le habló al pueblo en el otro lado del Jordán, en el desierto, en las llanuras, en frente de Suf, entre Paran y Tofel y Dizahav (Deuteronomio 1:2).
¿Por qué es necesario informarnos de la ubicación exacta del discurso de Moshé, incluyendo latitud y longitud?
Dado que este es nuestro encuentro final con Moshé (todo el libro de Deuteronomio fue justo antes de su muerte) y el lugar de su tumba es desconocido, la Torá nos dice su ubicación exacta, para que si encontramos el lugar éste sea un recordatorio de nuestro gran maestro y líder. (Rabino S.R. Hirsch)
Rashi, el comentarista clásico, sin embargo, señala que estos lugares no se mencionan en ningún otro lugar. Concluye que esos no son nombres reales, sino palabras que nos sugieren simbólicamente los variados errores que el pueblo cometió durante los 40 años, desde el Becerro de Oro hasta el pecado de los espías y las continuas quejas.
El mejor momento para dar repimenda a los propios hijos o seguidores es en el lecho de muerte. Ese es el momento en el que la gente es más receptiva a escuchar una reprimenda y en el que tiene menor probabilidad de resentirse. Así hicieron también Yaakov, Yehoshua, Shmuel y David.
¿Por qué eligió este momento – los últimos días antes de su muerte – para comunicar 40 años de reproches reprimidos?
La Torá nos dice: “Deberás reprender a tu prójimo, pero no harás un pecado en el proceso“. (Levítico 19:17)
Reprochar está bien, pero no si el resultado será negativo. Si la otra persona se pondrá a la defensiva, se enojará, o no aceptará las críticas, entonces es mejor no decir nada.
Moisés pensó, dado que él estaba en sus últimos días de vida, que su crítica sería aceptada por el pueblo ya que:
- Él no podría seguir repitiendo el reproche – es decir, no sería “insistente”.
- Le ahorraría al pueblo la vergüenza de tener que enfrentarse nuevamente a él en el futuro.
- El pueblo no sentiría la necesidad de adoptar una posición de rebeldía poniéndose a la defensiva
- El pueblo prestaría mucha atención, sabiendo que las últimas palabras de Moisés serían las más selectivas e importantes de escuchar
Si una persona siente que estás hablando por ‘interés propio’– y no por ‘su propio bien’ – entonces no va a escuchar lo que estás diciendo.
El reproche debe ser claramente en beneficio de la otra persona. Él tiene que saber que te preocupas, que te encuentras de su lado, y que deseas lo mejor para él.
Es por esta razón que Moisés reprocha al pueblo específicamente después de derrotar a Sijón y a Og en el campo de batalla (ver Deuteronomio 1:4). Él acababa de reafirmar su dedicación y compromiso con el pueblo. Por lo tanto ellos sabían que las críticas de Moisés eran constructivas
Moshé comparó al pueblo judío con las estrellas, a pesar de que no eran tan numerosos en ese momento. Los judíos también se comparan con la arena, que al igual que las estrellas, es demasiado numerosa como para ser contada.
La diferencia entre ellas es que la arena es pisoteada y todos caminan sobre ella. Este es un simbolismo del exilio judío cuando los tiempos son difíciles. El lado positivo es que los granos de arena se pegan unos a otros y son capaces de contener las poderosas olas del mar.
Por otra parte, las estrellas están en el cielo. Ellas simbolizan cuando los judíos están arriba y las cosas están bien. El lado negativo es que las estrellas están a años luz unas de otras; cuando las cosas están bien, nosotros los judíos frecuentemente peleamos entre nosotros.
Moshé relata cómo designó al primer Sanedrín (corte suprema) con gran alegría de la nación. Los comentaristas explican que Moshé estaba sugiriendo que la alegría de ellos no fue sincera. En vez, ellos estaban felices por el hecho que ahora podrían ir donde un juez, podrían hacerse amigos de él, y eventualmente él podría aceptar un soborno para juzgar a favor de ellos. Esto era mucho mejor que la vieja escuela incorruptible de Moshé.
Moshé enfatizó el rol del pueblo en el colosal error de los meraglim (espias). El pueblo exigió originalmente a los espías, se negaron a escuchar las apelaciones de Moshé y finalmente se rehusaron a entrar a la tierra. Se quejaron en sus tiendas sobre lo mucho que Dios los odiaba, entonces la respuesta de Dios fue: “Ellos lloraron sin motivo, ahora les voy a dar una buena razón para llorar”.
Esa noche se convirtió en una noche de dolor y sufrimiento para todas las generaciones. Sin embargo, este fue también el secreto de la supervivencia del pueblo judío. Como sufrimos tanto, constantemente nos arrepentimos y nunca alcanzamos los niveles de decadencia de las otras naciones que llevan típicamente al deterioro de la sociedad.
Finalmente, Moshé culpa al pueblo por el enojo de Dios hacia él, el cual se tradujo en que Moshé no podría entrar a la Tierra de Israel.
¿Acaso no es eso “pasar la pelota” y no reconocer su propia culpa?
Moshé no estaba negando su error; él solamente estaba enumerando los resultados del pecado que cometió el pueblo con los espías. Si ellos no hubieran pecado, Moshé habría entrado a la tierra y los “días del Mesías” habrían llegado. El Sagrado Templo habría sido construido por Moshé y nunca hubiera sido destruido. Como resultado de los 40 años de deambular por el desierto, todo el curso de la historia judía cambió.
Los dos reyes gigantes Sijon y Og recolectaron un “dinero de protección” de todos los canaanitas con el fin de cuidarlos de los israelitas. Moshé tuvo la jutzpá (atrevimiento) de pedir que los dejaran pasar “gratuitamente” a través de sus tierras. En vez de permanecer dentro de la ciudad de Jeshbón que estaba tremendamente fortificada (los rabinos dicen que habría sido difícil de conquistar incluso si hubiera estado llena de mosquitos), Dios hizo que los canaanitas se sintieran seguros de sí mismos y salieran fuera de la ciudad para pelear contra los judíos. Ellos perdieron la batalla y los judíos pudieron entrar a la ciudad sin enfrentar ningún desafío.
Dios le dijo a Moshé (en Números 21:34 y en Deuteronomio 3:2) que no debía temer a Og.
¿Por qué tenía Moshé que temer a Og más que a Sijón, o que a cualquier otro rey?
Og tenía un mérito especial. La Torá (Génesis 14:13) nos cuenta que después de la primera guerra registrada en la historia – la batalla de los 4 reyes contra 5, la verdadera Primera Guerra Mundial – el “sobreviviente” fue a informar a Abraham que su sobrino Lot había sido capturado.
Los sabios dicen que el “sobreviviente” no era otro más que Og, que no solamente sobrevivió la guerra, sino que era ya conocido como el sobreviviente porque había sobrevivido al diluvio de Noaj agarrándose de la parte externa del arca. El hecho de que Og le hiciera un favor a Abraham era un mérito para él – a pesar de que los rabinos dicen que lo hizo con segundas intenciones, pensando que Abraham iba a morir en la batalla y así Og iba a poder casarse con Sara. Ahora Dios le asegura a Moshé que este mérito ya se le había pagado hacía mucho tiempo.
Tisha b’ Av – 9 de Av
A menos que las cosas cambien mucho en las próximas semanas, estaremos de nuevo pasando por los días que conducen e incluyen a Tishá B’Av, el noveno día del mes de Av, el día más triste del calendario judío. Año tras año, reflexionamos sobre nuestra condición en la diáspora y sobre lo que este largo, al parecer infinito exilio, se supone que debe enseñarnos, mientras esperamos la largamente ansiada redención.
2500 años después, ¿no es tiempo ya de centrarnos en el presente y en el futuro, y dejar que el pasado sea pasado? ¿Nunca podemos olvidar? Después de todo este tiempo, ¿cómo podemos pasar tres semanas de cada año yendo hacia un luto cada vez mayor, culminando en un día de ayuno y tristeza?
De hecho, una de las mayores bendiciones que Dios nos da es la habilidad de olvidar memorias dolorosas. “Dios ha decretado sobre una persona fallecida que debe ser olvidada desde el corazón” (Sofrim 21). Si no fuese posible olvidar, si el dolor de perder un pariente o un amigo cercano permaneciera siempre tan inmediato como cuando la pérdida recién ocurrió, quedaríamos inmovilizados, imposibilitados de continuar con la vida. Es una bendición que mientras que siempre llevamos en la memoria a alguien querido que partió, somos capaces de quitar el dolor de la pérdida del primer plano de nuestra conciencia.
Sin embargo, esta regla general no aplica aquí, como fue expresado por el famoso verso en Salmos: “¡Si te olvido, oh Jerusalem, que mi mano derecha sea olvidada!”. ¡Estamos llamados a no olvidar nunca! Los sabios, al instituir las leyes pertinentes a estas tres semanas, se aseguraron de que como mínimo durante un largo período del año, y durante muchos otros ayunos durante el año, (sin mencionar las peticiones en nuestras tres plegarias diarias), recordemos constantemente y nunca olvidemos el luto por Jerusalem.
El Rebe de Slonimer, Rab Sholom Nóaj Barzovsky, zt’’l, escribió un fascinante ensayo sobre este tema, en el que hizo notar que la idea de que nosotros no lograremos nuestra paz nunca debido a que el Sagrado Templo fue destruido, es un tema central en Tishá B’Av. Para no permitirnos nunca aceptar la idea de que el mundo Post-Templo sea una realidad normal y permanente para nosotros como judíos.
El Templo en Jerusalem fue destruido por muchas razones, algunas más conocidas que otras. Pero esto nunca fue concebido como su destino final. El día que perdamos la esperanza de que el Beit Hamikdash sea reconstruido, ese será el día en que su destrucción será realmente irreversible.
Ésta es una idea tan básica que debe permear todo lo que nos interesa en la vida. Lidiamos con nuestros problemas, con la educación de nuestros hijos, con nuestro crecimiento personal, con problemas financieros, con problemas existenciales; vemos la escena comunal y a la escena nacional, tanto dentro como fuera de Israel. Escuchamos a los eruditos y a los “hombres sabios” quienes tienen la solución para problemas difíciles o quienes señalan esa ocurrencia para explicar la esencia de nuestros dilemas, y nos olvidamos que el problema más importante es el exilio – nuestra distancia con Dios y su Sagrado Templo en Jerusalem. Que no importa cuántos problemas solucionemos en nuestros países y en Israel, e independientemente de cuánto crecemos en nuestras vidas espirituales como judíos, tendremos un gran bache en nuestras vidas espirituales mientras “estemos exiliados de nuestra tierra, y no podamos cumplir nuestras obligaciones en tu gran Casa Sagrada…”
¿Por qué hay tantos judíos apartados de sus raíces espirituales? ¿Por qué hay tantos problemas terribles e interminables entre grupos de judíos? ¿Cómo vamos a poder alguna vez resolver los grandes temas que nos dividen, siendo que esos temas están basados en concepciones fundamentalmente diferentes de lo que es la Torá, lo qué significa ser judío, la naturaleza de nuestras obligaciones judías, y qué tan flexibles podemos ser al adaptarlas a los tiempos modernos? ¿Qué es lo que hace falta para que decenas de miles de judíos que no tienen idea de la belleza de Shabat, del cuidado de cashrut, del estudio de Torá y de la vida judía, tengan un pantallazo real de lo que se están perdiendo? ¿Cómo serán resueltos alguna vez los problemas sobre la Tierra de Israel?
¿Cuándo seremos capaces de sentir siempre el indescriptible placer de estar cerca de Dios sin las contradicciones internas, el dolor, las dificultades y la soledad existencial que tan frecuentemente sentimos en nuestra búsqueda espiritual?
Nuestro doloroso anhelo de reunirnos con Dios y de reconstruir el Templo son los ladrillos del eventual edificio. Aunque de muchas maneras el judaísmo enseña que lo que uno hace es más importante que lo que uno piensa o cree, es verdad que “el deseo de hacer una mitzvá, o de dedicarse a un placer espiritual, es aún más grande que el placer mismo”. La espera activa por su reconstrucción, las lágrimas derramadas por su ausencia, el esfuerzo para no asimilarnos dentro de las culturas que nos rodean y sus valores extranjeros, sino por conservar nuestra singular personalidad judía, esto es lo que eventualmente lo traerá de regreso. Cada lágrima derramada y cada suspiro por su ausencia es otro elemento en la construcción.
Por esto, dice el Rebe de Slonimer, el período de las tres semanas entres el 17 de Tamuz y Tishá be Av es un período de llanto, pero es un período positivo: un llanto que es parte del proceso de reconstrucción. Un llanto de esperanza, de anhelo por un futuro mejor – una expresión desde las profundidades del alma que nunca será satisfecha y complacida en nuestra búsqueda espiritual hasta que hayamos alcanzado la Teshuvá (arrepentimiento) completa, volver a la cercanía con Dios que una vez fue y que aún es potencialmente posible.
Debemos con seguridad enfrentar la vida con una actitud alegre y confiada. Debemos darnos tiempo para disfrutar nuestro crecimiento, para celebrar nuestra judeidad, y para cantar con regocijo por ser afortunados al formar parte de la construcción de nuestras vidas espirituales interiormente, tanto como en la de nuestras familias y comunidades. Pero debemos también tomarnos un tiempo para lamentar un poco interiormente, por el potencial que hay, que todavía no está siendo completado. Sólo de este modo podremos continuar creciendo y podremos mirar hacia adelante, hacia el día en que nuestro santuario interno sea reconstruido completamente, anunciando el tiempo del Mesías, rápidamente en nuestros días.
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