Resumen de la parashá
Después de dar a luz, toda madre tenía prohibido entrar en el Santuario durante 40 días; si había tenido una hija, el período era de 80 días.
A la terminación de este plazo, la madre llevaba ofrendas quemadas y de pecado al Santuario, y era considerada ritualmente pura.
La persona que contraía la enfermedad de tzaráat (similar a la lepra) tenía prohibido entrar en el Santuario.
Por consiguiente, cuando el color de la piel indicaba que podría estar aquejada de la enfermedad, era examinada por el sacerdote.
Si el cohén, después de revisar las manchas o costras de la piel, no podía dar un veredicto definitivo referente al tzaraat, la persona era aislada durante siete días y luego reexaminada.
Si la apariencia de la piel permanecía igual, el enfermo era confinado por otros siete días.
Luego se realizaba un examen final. Si la marca no se había extendido, la persona era declarada ritualmente pura.
Por otra parte, si las manchas se habían difundido, la persona era declarada metzorá, enferma de tzaraat.
Era enviada entonces a vivir fuera del campamento de la congregación, con las ropas rasgadas, y el cabello desgreñado. Se le indicaba que gritara “impuro, impuro”, como advertencia para que los demás no lo tocaran.
Cuando la enfermedad disminuía, la persona era examinada nuevamente por un cohén, fuera del campamento, para asegurarse de que la recuperación era completa.
Las elaboradas ceremonias de purificación que seguían se extendían por ocho días, y se observaban ritos especiales durante el primero y el último.
El sacerdote ofrecía sacrificios y en el proceso de purificación se usaba madera de cedro e hisopo. El ex metzorá era entonces declarado miembro pleno de la comunidad.
Las leyes de tzaraat se aplicaban por igual a una vestimenta y a una casa.
Si las ropas mostraban signos de tzaraat, podían ser quemadas, según el caso.
Si una casa aparecía súbitamente marcada con rayas verdes o rojas, era tapiada por siete días.
Si las rayas se extendían, las piedras afectadas eran removidas y reemplazadas por otras nuevas.
La casa era revocada y las viejas piedras y el polvo eran arrojados en un área contaminada, especialmente establecida fuera del campamento.
Si aún quedaban signos de tzaraat en las paredes, todo el edificio era demolido y sus materiales arrojados en el área contaminada fuera del campamento.
Ciertas impurezas físicas hacían a un hombre o una mujer ritualmente impuros y, por ende, tenían prohibido entran en el Santuario o tocar objetos sagrados.
Este estado de impureza finalizaba después del tiempo prescripto para las ceremonias especiales de purificación.
(Extraído del libro “Lilmod ULelamed” de Edit. Yehuda)
El poder de la Palabra
De todas las secciones de la Torá, una de las más difíciles de entender es la parashá de esta semana, que habla acerca de Tzaraat, una enfermedad de la piel.
En realidad, Tzarat es una manifestación física de una deficiencia espiritual.
El Talmud (Arajin 16) dice que Tzarat se produce específicamente como una consecuencia de “Lashon Hará” – el hablar negativamente sobre otra persona.
Por ejemplo, vemos que cuando Miriam, la hermana de Moisés, habló Lashon Hará, contrajo Tzarat (Números, capítulo 12).
¿Cuál es la relación entre hablar mal – acerca de otra persona – y contraer esta enfermedad de la piel?
La palabra es la herramienta de la creación.
A través de ella podemos construir a una persona y al mundo. Podemos alabar, alentar y dar confianza.
Al hacer que otra persona se sienta importante, estamos construyéndola, es como si dijéramos, “tu existencia es necesaria”. Esto da vida y reafirma la autoestima.
Por otra parte, la palabra también puede usarse para destruir.
Palabras como “eres un inútil”, abaten la autoestima de una persona.
Como dice el rey Salomón: “La vida y la muerte están en manos de la lengua” (Proverbios 18:21).
El Talmud (Arajin 15b) explica que el discurso negativo es incluso peor que una espada – puesto que mata a muchas personas, incluso a una gran distancia.
Por supuesto, así como la Torá nos prohíbe hablar Lashon Hará, así también nos prohíbe escucharlo.
Al escuchar palabras negativas sólo alimentamos nuestro lado negativo y nos hacemos insensibles al efecto que tienen sobre los demás.
A partir de esto, podemos entender una sección de la parashá de esta semana, Levítico 13:45-46.
La Torá dice que cuando a alguien se le diagnosticaba Tzarat, tenía que salir de los límites de la ciudad y gritar “¡estoy contaminado!”, a cualquier persona que se le acercara.
El castigo es medida por medida: si promueves la división entre los demás, entonces también sufrirás la división al separarte de la comunidad.
Mucha gente comete el error de pensar que la prohibición de la Torá acerca de hablar negativamente se limita sólo a decir falsedades y mentiras.
Pero esto no es así. El mentir se define como una prohibición distinta, expresada en el libro de Shemot (Éxodo 20:13, 23:7).
Lashon Hará mientras tanto, es la prohibición de decir cualquier cosa negativa o peyorativa acerca de otra persona – aún cuando sea verdad
La verdad es que ni siquiera importa si las palabras se hablan implícitamente.
Si el mensaje puede ser interpretado negativamente, entonces se trata de una violación de Lashon Hará.
El Talmud dice que el cuerpo humano fue construido para ayudar a que la persona se abstenga de hablar Lashon Hará.
Los dientes y los labios sirven como “puertas” para regular lo que sale de nuestra boca, mientras que la lengua se encuentra en una posición horizontal de descanso.
Además, si bien los seres humanos tienen dos ojos, dos oídos y dos fosas nasales – sólo tenemos una boca para recordarnos que debemos minimizar la charla.
Y dice también el Talmud, ¿con qué finalidad creó Dios los lóbulos de las orejas? Por si nos encontramos en una situación en la que se habla Lashon Hará, ¡podamos convenientemente doblarlos hacia arriba como tapones para los oídos!
Sin embargo, existe una excepción a esta regla.
Podemos hablar o escuchar información negativa sólo si estamos absolutamente seguros de que es con el propósito constructivo de prevenir daños a futuro. Pero con las siguientes condiciones:
- La información debe ser objetivamente verdadera, no una cuestión de gusto o de opinión.
- Debe ser información de primera mano, no de otra fuente.
- En primer lugar, la persona implicada debe tener la oportunidad de responder a las acusaciones.
- No puede existir ningún motivo ulterior o beneficio personal.
- Uno debe evitar mencionar nombres siempre que sea posible.
Si escuchamos inadvertidamente Lashon Hará, el Talmud dice que no debemos aceptar que es verdad automáticamente. Al contrario, la regla es “la persona es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad”.
El Talmud se pregunta: ¿Por qué el Sagrado Templo fue destruido? Porque la gente hablaba Lashon Hará. Así, dice el Jafetz Jaim (codificador del siglo 20 de las leyes de Lashon Hará), abstenerse de hablar negativamente acerca de los demás es la medida más eficaz para revertir el daño y ¡lograr la redención!
Nos encontramos en los tiempos de la redención. En Pesaj celebramos nuestro surgimiento de la esclavitud hacia la libertad. También en esta época del año contamos el omer, el camino hacia la recepción de la Torá en el Monte Sinai.
Ahora es el momento de romper el disentimiento y la división que atacan a nuestro pueblo.
(Extraido de Aish Latino)
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