AMIA, LA DEUDA

NATALIA SUSEVICH

Publicado en La Ventana de Or Jadash - Argentina (Julio-Agosto de 2004/ año 5- Nº 36)

Hay una deuda que lastima, que punza el alma y que no podemos dejar pasar. Tiene que llegar la justicia. Tiene que llegar la verdad.

 

Una vez leí una frase del escritor André Gide que dice “quien quiera escribir sus lágrimas debe tener el ojo muy claro y seco”. Creo que, a mí, aún no se me secaron.

Por eso, en realidad, no quiero escribir esta nota. Hay cosas que no se pueden redactar. No, después de 10 años. Hay cuestiones que no se dejan hacerlo sin repetir y sin redundar. El 18 de julio es una de ellas.

Y no sé cómo descubrir un nuevo tono, cómo explorar una nueva arista. Creo que hemos hablado tanto, hemos gritado tanto, hemos escrito tanto, hemos pedido, hemos llorado, hemos publicado, hemos declarado, hemos marchado y reclamado que como resultado hemos gastado muchas palabras. No en vano, no malgastado, pero sí las hemos ajado, las hemos roído de tanto repetirlas, de tanto apretarlas en nuestros puños, de tanto demandarlas.

¿Puedo explicar acaso yo el sentido de la palabra justicia, que no han conseguido lograr los abogados, ni los jueces, ni los fiscales, ni los testigos, ni -mucho menos- el juicio?

¿Puedo describir acaso yo el significado del dolor mejor de lo que lo han intentado los familiares de las víctimas?

¿Puedo acaso yo expedirme sobre las irregularidades, sobre la corrupción mejor de lo que las peleas políticas lo reflejan?

No puedo escribir algo original. Supongo que eso es lo que pasa en Argentina con las causas impunes: no son nada original. Porque hay miles. Porque se normalizaron, se institucionalizaron, se volvieron parte de nuestro paisaje, parte del folklore nacional. En los atentados de Madrid, a los pocos días ya se sabía quiénes eran los culpables. Acá, a diez años de la bomba, los gobiernos de turno han desviado y trabado la investigación y todavía se está discutiendo de quién era la Traffic, y hasta si existió o no. Acá estamos acostumbrados a no saber la verdad. Aprendimos que la justicia no suele llegar, que su brazo no es tan largo y que pocas veces siquiera intenta extenderse o estirarse para alcanzar. Y eso es terrible.

Y como si fuera poco, este nuevo aniversario va a llegar en medio de un clima enrarecido, como viciado. Dejando una gran humareda detrás.

Los Familiares y Amigos de las Víctimas anunciaron que no asistirán al acto central. Es más, aún no se sabe cuál será el “acto central”. Semana tras semana, se profundiza la crisis política interna que atraviesa la comunidad con el enfrentamiento abierto entre AMIA y DAIA. Y además, está a punto de cerrarse la causa y los únicos imputados van a quedar libres.

Todo está fracturado, astutamente descuartizado y debilitado. Está desviada la atención.

Y se van a cerrar las fojas, se van a archivar los expedientes y cada cual se va a ir a su casa. Y eso no está bien. Aunque suene inocente decirlo, aunque parezca naif, aunque resulte obvio, hay que decirlo, eso no está bien.

Por eso, no quiero escribir sobre el atentado.

Pensaba que se cumplen 10 años desde que hicieron explotar el edificio y que eso es algo que todos sabemos.

Lo sabemos por el dolor de un recuerdo que quema porque la herida no cierra. Lo sabemos por la bronca que sentimos. Lo sabemos por la angustia de la espera. Lo sabemos por la vergüenza de un juicio que no juzga. Lo sabemos por la impotencia que producen las politiquerías de las dirigencias.

Sabemos de la deuda que nos dejó el ´94 (una de las tantas que nos legó esa década...) ¿pero cuántos de nosotros recordamos que, también, en 1894 nacía en la ciudad de Buenos Aires la Jevrá Kedushá Ashkenazi -embrión de la Asociación Mutual Israelita Argentina- y que, por lo tanto, se cumplen 110 años de la creación de AMIA?

En una de esas paradojas de la vida, hoy se juntan casi en un oxímoron la creación y la destrucción, la vida y la muerte.

¿Y cuántos de los chicos que tienen hoy 10 años o menos, saben qué había en ese edificio, para qué sirve esta institución? ¿cuántos saben qué sucedió en esos 100 años antes de la bomba?

Creo que cada cual tendrá una forma particular de relacionarse con este día. Muestra clara de ello, es el proyecto “18-J” que expone 10 visiones cinematográficas particulares y distintas sobre el atentado. Seguramente, también cada uno de nosotros habrá desarrollado su manera de transmitirlo, de explicarlo y de vivirlo. Su manera creativa de llevarlo adelante. Pero pienso que siempre el modo más efectivo es la educación.

No dejemos que AMIA sea una sigla relacionada sólo con el dolor, con la impunidad y la vergüenza nacional. Enseñemos a nuestros hijos, hagamos recordar a nuestros pares el verdadero significado que tiene, su verdadera función. Su cara amable y sonriente, su lugar como pilar de la fundación de la comunidad judía en Argentina y su sostén.

Encarguémonos de eso, mientras seguimos luchando. No dejemos que el sentido de lo que debía ser la AMIA se pierda.

Porque mientras sigamos construyendo, quizás, la oscuridad de la destrucción se aclare y las cuentas se paguen. Ojalá llegue el día.

 

Porque hay una deuda que lastima, que punza el alma y que no podemos dejar pasar. Tiene que llegar la justicia. Tiene que llegar la verdad.