Duele la AMIA, pero enseña
ROBERTO "TITO" COSSA. Autor de teatro
Publicado el 15/07/1999 en el Diario
Clarin, de Buenos Aires
Duele la AMIA. Duele en un país
donde lo que sobra es congoja. Duelen los 86 muertos, los mutilados, los
familiares de las víctimas. Duele la AMIA porque nos obliga a convivir con
el horror. Duele porque el crimen sigue impune y duele porque puso al
desnudo complicidades que nos meten miedo.
Duele el atentado a la AMIA como cualquier acto criminal, pero duele muy
especialmente porque golpeó a una entidad dedicada a la solidaridad. Una
mutual es un espacio de ayuda; las fundan los hombres de corazón para mejorar
la vida de sus semejantes.
Las mutuales son el refugio de los hombres buenos. Y los asesinos pegaron
justamente en un lugar de hombres buenos, de seres indefensos; en definitiva, en
un espacio de inocentes. Cuesta justificar un acto terrorista, mucho más si
ocupamos el lugar de las víctimas. Pero las acciones de los hombres no son tan
simples. Y menos aún las lecciones de la historia.
En el filme La batalla de Argel -una magistral muestra de arte político-
se cuenta la resistencia del pueblo argelino al colonialismo francés. En una de
las escenas más escalofriantes que el cine haya mostrado jamás, una militante
de la resistencia, pelo teñido y vestuario europeo, accede a un local bailable
donde sólo acuden los ciudadanos de ascendencia francesa y coloca una bomba de
tiempo bajo un asiento de la barra.
El director del filme, Gillo Pontecorvo, declarado simpatizante de la causa
argelina, no disimula las consecuencias del atentado. Con notable apego a la
verdad, la cámara de Pontecorvo alterna el avance de las agujas del reloj hacia
el instante de la explosión con los rostros alegres y desprevenidos de los
parroquianos, en su mayoría jóvenes afrancesados, que pasan un momento
divertido en el bar. La cámara tampoco elude mostrar a una dulce niña que toma
un helado. Pontecorvo nos dice: el acto es cruel, pero la lucha es justa y una
lucha justa permite hechos crueles por muy dolorosos que ellos sean. El filme se
pone del lado de los rebeldes independentistas, pero la escena se clava en la
conciencia del espectador. ¿Hace falta matar a seres indefensos para lograr un
objetivo, por muy altruista que sea? Cuentan que el Che Guevara bajó el arma
cuando la mira de su fusil descubrió que su objetivo, un soldadito boliviano,
dormía en la cabina del camión militar que atravesaba el camino. ¿Qué
consecuencia militar tuvo el gesto del Che? Nadie lo sabe, pero el soldadito
dormido era un indefenso.
Un día en la vida
La AMIA no era un objetivo militar, ni siquiera político.
¿Cuál fue, entonces, el propósito del ataque? ¿En el cuadro de honor de qué
guerra figurarán sus responsables? Sólo una despiadada crueldad, un racismo
enfermizo, una intolerancia criminal pudo alentar un golpe tan bajo. Se atacó a
la AMIA, a un edificio donde no hay armas ni hombres armados. Fue un blanco fácil.
¿A tanto puede llegar la cobardía de los criminales? Duele la AMIA. Y duele más
porque era un lugar de hombres buenos. Un lugar de inocentes.
Duele la AMIA, pero también ayuda a reflexionar. Cuando se golpea a un
inocente, se da vida a un militante. Inocentes eran también las buenas
madres, simples amas de casa, hasta que las golpearon, se pusieron el pañuelo
blanco en la cabeza y dieron vuelta la historia.
Inocente era la señora Laura Ginsberg, profesional y esposa de un empleado de
la AMIA, madre de dos hijos, que se definía como apolítica. Su vida cambió
aquel 18 de julio de 1994. Un día tomó la palabra y puso de rodillas a todos
los poderosos de turno.(*)
La AMIA duele, pero también enseña que con los inocentes no se juega.