Mensaje de Laura Ginsberg en el 3º Aniversario del atentado a la AMIA, leido en el acto publico del  18 de Julio de 1997


ABRO LOS OJOS

Cierro los ojos e imagino que es el 18 de julio de 1994 a las 7 de la mañana. Nos levantamos como cualquier lunes para comenzar la semana. Los padres comparten el desayuno con sus hijos y todos nos decimos te amo antes de salir de casa. Pero muchos no lo hicimos porque jamas hubiéramos pensado que seria la ultima vez.

Cierro los ojos e imagino que es aquel 18 de julio a las 10 de la mañana. Mónica y Felix van a trabajar; Romina, a la facultad; Jorge le lleva el café a una cliente, y Sebastián con sus 5 años sigue caminando con su mama por la calle Pasteur. Ninguno de ellos llegara a su destino.

Abro los ojos y me invade la imagen del horror: humo, bomberos, policías, gente que empuja, gente que llora, gente que grita, gente que reza, gente que no puede hacer nada, ni llorar ni gritar, ni siquiera maldecir: 7 minutos antes de las 10 habían volado el edificio de la AMIA.

Cierro los ojos e imagino que son las 11 de la mañana de aquel 18 de julio. La gente que trabaja en la AMIA sigue haciéndolo: Marisa sonríe a los que entran al edificio; las chicas del servicio social atienden a personas preocupadas y toda la gente que espera en la bolsa de trabajo consigue trabajo en vez de morirse. Rita y los muchachos de sepelios ayudan a Luis, Fabián, Pablo y Elías que van a enterrar a su abuelo mientras Néstor sigue probando el aire acondicionado y los albañiles de la obra revocan las paredes que todavía siguen en pie.

Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después, escuchando las declaraciones del ministro del Interior, Carlos Corach, en las que se vanagloria de haber aportado recursos económicos para la reconstrucción de la AMIA y de haber subsidiado a los familiares de las víctimas, como si esto guardara alguna relación con el esclarecimiento del atentado.

Cierro los ojos e imagino que son las 4 de la tarde de aquel 18 de julio. Los chicos vuelven de la escuela, meriendan, prenden la televisión y la programación es normal, sin escombros ni muerte. Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después con que nada se hizo con la famosa semiplena prueba iraní nunca aportada por el presidente Menem, nada se hizo con los 4 diplomáticos iraníes que nunca pudieron ser interrogados y nada, absolutamente nada hizo el ministro de Relaciones Exteriores con el aviso previo del brasileño Wilson dos Santos, quien anticipo el atentado ante la cónsul argentina en Milán a principios de julio de 1994.

Cierro los ojos e imagino que son las 8 de la noche de aquel 18 de julio. Al igual que cualquier otro día, la familia espera impaciente el sonido de las llaves en la puerta, porque es Andrés quien llega, y con su llegada ilumina sus vidas.

Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después con otras víctimas de la misma impunidad: los 29 muertos en el atentado a la Embajada de Israel y el fotógrafo José Luis Cabezas, asesinado hace casi 6 meses. Sus familiares, doloridos y angustiados como nosotros, observan azorados el desfile de testigos que complican la investigación, mientras los asesinos seguramente se vanaglorian del crimen cometido y confían en el gobierno nacional que les cuida las espaldas.

Cierro los ojos e imagino que son las 9 de la noche de aquel 18 de julio. Los vecinos de la AMIA vuelven a sus casas; Agustín cena en familia y Paola les cuenta a todos como resulto su día. Christian comenta su ultimo articulo; Andrea visita a sus padres y todas las familias se sientan a la mesa. No hay ninguna silla vacía; no hay ningún plato de comida sin comer, y no hay nuevos huérfanos de padres, ni de hijos, ni de esposos o esposas, ni de hermanos, ni de nietos, ni de abuelos, ni de amigos entrañables.

Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después con que los hombres de la mejor policía del mundo, los mismos que deberían contribuir a consolidar la paz interior, decidieron cruzar la avenida General Paz para participar del atentado más sangriento perpetrado contra un blanco civil en la capital del pais de la impunidad. Ribelli, Leal, Ibarra y Barreiro, los 4 policías presos procesados por ser participes necesarios en el atentado pertenecían a la tan elogiada Policía de la Provincia de Buenos Aires, cuyo jefe, Pedro Klodczyk, abandono su puesto sin que nadie le pidiera ninguna explicación.

Cierro los ojos e imagino que son las 10 de la noche de aquel 18 de julio. Kuky besa a sus hijos y los acuesta; Silvana le da la mamadera a su beba; Yanina y Veronica salen con sus novios y Jaime le juega a su nieta. Dorita sale a cenar; Fabián vuelve del cine y Noemi charla con sus hijas que ya son casi adolescentes.

Pero cuando los abro y escucho, no escucho las risas de los que hemos perdido, sino amenazas. Los familiares, repito, los familiares de las víctimas somos amenazados por quienes continúan con la parodia del miedo en un país donde gobiernan la sombra y la impunidad. Uno de nosotros amenazado de muerte, perseguido en auto por desconocidos; otros, recibiendo llamadas intimidatorias, haciendo denuncias que parecen no importar a nadie. Memoria Activa amenazada por ser víctima de un atentado durante un acto de los lunes, el Hospital Israelita evacuado por amenazas, escuelas judías desalojadas. Cementerios judíos profanados en todo el país ante la mirada atónita de la comunidad.

Se han gastado millones en una pista de aterrizaje en un remoto lugar de provincia con el propósito de salvaguardar la seguridad de una persona, y no se ha puesto medio alguno para investigar las amenazas de muchos, que no son otra cosa que la actual continuación del drama y la vergüenza. El horror continua después del horror; nunca se encontraron a los responsables de dichas amenazas y el Ministerio del Interior sigue sin ocuparse de la seguridad de los argentinos. Solo se ocupa de batir los records semanales de repudio de atentados, agresiones y amenazas. A pesar de que pretenden instalar el miedo, la desesperación, el agobio, y la espantosa sensación de que nada vale la pena, este acto masivo es la prueba de que no nos sentimos agobiados y de que nuestro reclamo de justicia y memoria si vale la pena.

Cierro los ojos e imagino que son las 11 de la noche de aquel 18 de julio. La vida sigue siendo vida, y nadie nos partió por la mitad, y nadie trunco nuestros sueños, y nadie destrozo nuestras familias y nadie mutilo 86 esperanzas y 86 futuros. Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después con un gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, ferviente amante del sillón presidencial, que reconoce como un simple error de apreciación la evaluación que hizo de su maldita policía, y con un Presidente de la Nación, Carlos Menem, que lo único que supo hacer fue balbucear un pedido de perdón ofensivo, indignante e irrespetuoso.

Todos los crímenes y atentados cometidos y por ocurrir tienen un denominador común. Yo acuso al gobierno de Menem y Duhalde de consentir la impunidad, de consentir la indiferencia de los que saben y callan, de consentir la inseguridad, la impericia y la ineptitud... Yo acuso al gobierno de Menem y Duhalde de encubrir la conexión local, que sirvió para matar a nuestros familiares.

Cierro los ojos e imagino que son las 12 de la noche de aquel 18 de julio. Todos dormimos los sueños, todos tenemos a nuestras familias enteras y todos proyectamos para el día siguiente la irrespetuosa locura de vivir, el desafiante pensamiento de vivir, el ilusorio deseo de vivir.

Pero cuando los abro, me encuentro 3 años después con la irrespetuosa locura de querer justicia, con el desafiante pensamiento de exigir justicia, con el ilusorio deseo del nunca mas.

Hoy es 18 de julio y pasaron 3 años, 3 años, 3 años y, como en cada aniversario y en cada día de nuestras vidas, seguimos sin tener respuesta. Por eso, como en cada aniversario, decimos:

Hoy estamos aquí, en la ultima esquina de sus vidas, en la primera esquina del largo camino que nos toca transitar reclamando justicia. Porque hace exactamente 3 años se apagaron sus risas, nuestras risas y todas las risas compartidas que ya no serán. Porque se esfumaron sus sueños, nuestros sueños y el sinfín de sueños compartidos en nubes de explosivos y horror.

Y, porque esa mañana salieron de sus casas como todas las mañanas y no volvieron, merecen justicia. Y porque no olvidaremos exigimos justicia. Y, porque la ley de la vida dice que los padres no entierran a sus hijos, reclamamos justicia. Y por todos los que ya no verán crecer a sus hijos pedimos justicia. Y por todos los que no se harán viejos junto a los suyos exigimos justicia. Y porque los amamos gritamos justicia. Y porque nos amaron merecen justicia. Y porque creyeron vivir en un país libre y seguro demandamos justicia. Y porque sus voces reclaman desde el centro mismo de la tierra exigimos justicia. Y porque repudiamos el terrorismo en cualquiera de sus manifestaciones, la violencia, el odio entre los pueblos y la discriminación y porque esclarecer el atentado es una responsabilidad ineludible luchamos por justicia.

Y merecen justicia, porque del lugar del universo en donde estén, o desde adentro nuestro, solo después de hacer justicia nuestros muertos podrán descansar en paz.

Los muertos de la AMIA : presentes.

Laura Ginsberg
Viuda de Jose Enrique Ginsberg, fallecido en el atentado a la AMIA.
Miembro de Memoria Activa