DAIA
Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas
Discurso del Presidente de la DAIA, Dr. Rogelio
Cichowolski, con motivo de conmemorarse el quinto aniversario del atentado
contra la sede de AMIA-DAIA
18 de julio de 1999
Una vez más, nos reunimos para recordar. Para mantener viva la memoria de los muertos.
Nos reunimos porque sabemos que no hay mejor homenaje que reiterar y reafirmar que nuestra exigencia de justicia es inclaudicable.
A cinco años del atentado, todavía no tenemos justicia.
Elevamos nuestras voces en el reclamo, elevamos nuestro silencio en el duelo.
Renovar el compromiso indelegable e imperioso de seguir trabajando en la búsqueda de los culpables, de seguir ahondando en la investigación, de seguir impulsando el avance de los procesos hasta lograr el esclarecimiento total de los hechos y la condena de los asesinos. Renovar y ratificar con la más absoluta firmeza este compromiso, digo, no es sino renovar el pacto. El mismo pacto milenario que dio origen a nuestra existencia como pueblo y que, una y otra vez, en cada acto y en cada instante de nuestras vidas, debemos actualizar y sostener.
Renovar el pacto implica confirmar la vigencia de la ley, porque solo al amparo de la ley puede una comunidad afianzase en la vida, prosperar y engrandecerse, dignificarse y perdurar.
Estamos en vísperas de Tisha be Av. Fecha funesta del calendario judío, día de lamento y destrucción. Pero sabemos – nuestra historia lo enseña – que todos los intentos de imperios y tiranos, de fanáticos y alucinados, de criminales y demagogos, han fracasado. No han logrado el objetivo de borrarnos de la faz de la tierra.
Después de cada golpe, de cada desgracia, de cada derrumbe hemos enterrado y llorado a nuestros muertos, nos hemos levantado con más determinación y mas coraje y hemos renovado la lucha por la justicia y por la paz. Como en nuestras fuentes, - ´´ Justicia, justicia perseguirás ´´ - la exigencia de justicia se duplica, se multiplica, se renueva y se fortalece.
Nunca la demanda de justicia puede ser excesiva.
Dice un filósofo contemporáneo que la responsabilidad es previa a la libertad. Que el ser humano, antes de ser libre, es responsable por su prójimo, y que sólo asumiendo esa responsabilidad llega a ser libre. Creo, en efecto, que ninguno de nosotros puede decirse libre mientras todos los asesinos no estén condenados.
Mientras no hayamos cumplido el deber esencial de hallar a los culpables, mientras la ley no impere, hasta que no se haga justicia, hasta que no llevemos a sus últimas consecuencias nuestro deber para con los caídos, no seremos libres.
Somos ineludiblemente responsables. Cada uno es guardián de su hermano. Cada uno de nosotros debe saber que lo es, sin excusas y sin renuncias.
Ser responsable significa preservar la memoria de los muertos y la vida de los vivos.
Y la vida de los vivos depende de la conciencia colectiva, de la memoria compartida y de la responsabilidad común. Por eso, a partir de ahora, hemos impulsado la realización de actos escolares de homenaje y recordación del atentado, donde nu8estros hijos puedan reflexionar, para aprender a luchar contra la impunidad, contra el olvido, contra la discriminación.
La sociedad argentina tiene sed de justicia. Dije hace un tiempo que la historia del mundo debía dividirse en antes y después de la Shoah. Digo ahora que la historia argentina tiene también su tiempo partido en un antes y después del ataque a la AMIA – DAIA.
En las entrañas de un país que se quiere democrático, pluralista y soberano, estalló hace cinco años una pústula infecta de horror y odio. Junto con las vidas y los libros, con los ladrillos y las puertas, se derrumbaron ese día la confianza y el orgullo de una sociedad.
Los judíos tenemos una experiencia ancestral y un saber antiguo sobre destrucciones. Nos hemos visto una y otra vez en ante la opción de dejarnos vencer por el dolor y la pena o de juntar fuerzas para seguir adelante, a pesar de todo. Darle la batalla ganada a la muerte o perseverar en el deber de la vida.
Hemos reconstruido la AMIA. Hemos vuelto a levantar paredes, pero no podemos devolver las vidas a quienes murieron.
Sólo podemos prometer a sus memorias que seguiremos trabajando en la reconstrucción.
Reconstrucción es un término central en la tradición judía.
Nuestros sabios lo llaman TIKUN. Reconstruir es reparar, volver a erigir lo que se derrumba, volver a reunir los fragmentos de lo que se rompe, volver a dar sentido a la existencia, después de que los enviados de la muerte tratan de sembrar la aniquilación.
Pero reconstruir no significa borrar las grietas, sino
volver a construir a pesar de y con las grietas.
Reunir los fragmentos no implica la ilusión de volver atrás ni de alcanzar una totalidad completa y definitiva. Nada será ya como era. Ninguna herida será borrada, ningún dolor olvidado, ninguna afrenta negada.
La tarea del tikun, como el pacto, es continua e interminable, porque sabemos de la fragilidad de la vida y de lo provisorio de toda calma. De la destrucción del Segundo Templo, en Tisha be Av., surgió el judaísmo tal como lo conocemos actualmente.
Cada ataque y cada golpe deja, junto con el dolor y los escombros, una lección. Debemos aprenderla para que el mal no triunfe.
Reunir los fragmentos quiere decir, también, aunar lo que no coincide nunca del todo, juntar lo distinto, construir con lo dispar. Reconocer la posibilidad del disenso sin temor a que el disenso nos destruya es, también, un rasgo de lo judío.
Armonizar nuestras fuerzas, aún en la diferencia, ha posibilitado nuestra permanencia y nuestro crecimiento.
Luchar juntos a pesar de lo diverso: Ese es el sentido que tiene, para el judaísmo, la paz.
Porque la palabra hebrea paz, SHALOM, viene de SHALEM, íntegro. No entero y total, no sin asperezas, no sin fisuras, sino íntegro. Y sólo siendo íntegros, honestos, consecuentes con el compromiso de perseguir justicia, podremos aspirar a ser libres, podremos volver a decir SHALOM.